lunes, 14 de agosto de 2017

Derivas e impresiones (VIII)



13. Agos. (El llanto de Melpómene)

Era otro solaz, otro relax hallado en la terraza de una cervecería junto al Teatro Principal. A tu lado dos turistas con aspecto un tanto perdulario se encontraban repasando un callejero, a buen seguro dilucidaban la mejor ruta antes de consumir las horas de su estadía rellenando la memoria de su cámara fotográfica. ―Eres de la opinión que se está perdiendo, muy mucho, el largo delecte de la contemplación―. Enfrente otra pareja ―parecían encelados―, leían cómplices la carta del establecimiento antes de que el camarero fuera a tomarles nota.
Tras el inusual remedo otoñal de los últimos días, volvía el calor agosteño, algo contenido aún, pero calor. Impelido por la benignidad de la mañana, y tras un pequeño brujuleo, realizaste aquel alto intencionando apurar la lectura del Canto Errante de Darío. Buscaste mejor acomodo justo bajo un frondoso tilo, matizaba este la luz radiante haciendo del sol apenas un puñado de jirones que daban sensación de pender de las ramas; luego vino el frescor de un granizado de limón y el correr rítmico de una gavilla de versos modernistas. ¿No son acaso tales momentos, cuando el entorno se confabula con la poesía para colmar el día de serenitud, idóneos para dejarnos vencer por libros de un «lenguaje inaudito y raro?».
* * *
Parecía otro solaz, otro relax hallado en la terraza de una cervecería junto al Teatro Principal hasta que un horrísono grito turbó, fortuito, fugaz, desgarradoramente la quietud de la terraza: «¡Pero qué España es esta! ¡No aguanto más! Que ven que mi hijo se me está muriendo y no hacen nada… ¡canallas!». Entre sollozos, una mujer de mediana edad acortó de un tajo por entre las mesas y sillas de la terraza, los circunstantes por un momento quedasteis mirándola sorprendidos: la pareja encelada dejó de leer la carta, los turistas perdularios de atender su callejero, y tú, volviste de un plumazo al mundo real. Fue breve el quejido de aquella mujer, tan breve como intenso y desesperado, tal si hubiera de interpretarse en algún drama, mas resultaba real, demasiado vívido incluso para una ficción; y se marchó la atribulada calle abajo, mascullando por teléfono móvil una tragedia, su tragedia, otra tragedia más que venía a recordar la cara lacerante por encima de la vaciedad que, a veces, arrastra la vida mundana.
Incapaz de proseguir tu lectura, embotado el corazón por el frío eco indecible de aquellas palabras ―«que ven que mi hijo se me está muriendo y no hacen nada… ¡canallas!»―,  concluiste que incluso en un bello día de luz clara y reposada lectura, la devastación pude rozar, sorprender trágicamente. Te propusiste al cabo seguir soñando, leyendo… «[…] en medio de un desierto/ me puse a clamar;/ y miré al sol como muerto/ y me eché a llorar». Y como si de un canto errante verdadero se tratara, resonó crispándote los nervios aquel grito desolado que se alejó calle abajo. Resonó… el llanto de Melpómene impregnado de compasión por las paredes relucientes del Teatro Principal. 


martes, 25 de julio de 2017

Derivas e impresiones (VII)

23 Jul. (La fuente que descansa agotada mientras se percibe el pentagrama armónico de la Naturaleza) 

Reposaban los chorros danzarines y tornátiles de la fuente; cansada estaba ya de brincar y bailar para el fortuito público que apenas se detenía. Su agua, encalmada entonces, tal vez agotada, laxa… vino a simular una copa derramada de líquido ajenjo, donde aquel que quisiera ahogase sus añoranzas arrastradas; se mostró similar a un pliego de rugoso oleaje donde apuntar el epílogo del día con esbozos hendidos; o, simplemente, impelía a acompañarla con su lenitivo rumor de limpidez. El sol, mientras tanto, se desgranaba en irregulares cabrilleos, mecidos sin descanso por aquella agua que también era madre.
* * *
Te orillaste a su pretil… desdibujado percibiste aquel pentagrama armónico de la Naturaleza, donde dos ojos marcaban, al influjo de una mandolina mediterránea, la ‘Seranata’ de Schubert; y, tras de ello, volaron imperceptiblemente —como polen minúsculo—, alcanzando el propio jardín de las Hespérides para en oro tornarse. Confluía tu imaginación con el vaivén cóncavo del agua en un arrebato de profundidad, de inmersión, de letargo, hasta que los chorros antes silentes, como si en el camerino del surtidor hubieran cambiado de vestuario, volvieron a brincar con fuerza en su espectáculo de danza, casi poético, intentando rozar a cada brinco —para ti, para vosotros— las regiones del grave Ideal. 


miércoles, 19 de julio de 2017

ALGUNOS ESPACIOS DE SOCIABILIZACIÓN ARTÍSTICA: las veladas privadas y teatros de salón

  • Introducción: las tertulias de café
Hubo un tiempo, ya pasado, en que las salas de los cafés llegaron a convertirse en auténticos foros de controversia para intelectualía avezada; lugares donde las rúbricas más elegantizadas  formaban conciliábulo con las más perdularias, donde se levantaron palenques y atalayas en defensa y propalación de ideales, lugares donde departir sobre mil y una cuestiones elevadas, o, simple y llanamente, lugares donde echar la oreja para andar al tanto de las novedades que el industrioso vecino llevaba a cabo. En definitiva los cafés fueron escenarios bullentes donde nadie, con mínima inquietud intelectual, dejaba alguna vez de traspasar sus umbrales uniéndose así al cortejo de los prometidos a las musas. Fue este, por otro lado, un tiempo dorado entre la Restauración y la Dictadura de Primo de Rivera, que —como el del cine mudo—, pasó. Y es que quizás resulte más satisfactorio recodar con nostalgia aquellos espacios de redención artística, antes que venir a remedarlos en la presente sociedad de la inmediatez y las prisas: sociedad donde los modernos y variados cauces de interacción, amén de la menor predisposición a pasar largas veladas sentados alrededor de una mesa, hacen de estas un elemento de sociabilización 'prescindible' y solo apto para románticos.

Por citar algunas tertulias de café, bien se podría principiar la lista con aquella dieciochesca de la Fonda de San Sebastián, sita en la Plazuela del Ángel, que, fundada por Nicolás Fernández de Moratín, frecuentó entre otros destacados el valiente hombre de letras José Cadalso; también cabría citar la celebérrima tertulia del ‘Parnasillo’ —hacia 1831 o 1832— organizada en torno al café del Príncipe, y donde en una misma mesa pudieron reunirse excelsos literatos y pensadores como Larra, Mesonero Romanos, Donoso Cortés, Espronceda… sin olvidar las tertulias del Suizo —quizá el establecimiento de vida literaria más intensa—, donde hacia la década de 1860, se reunieron bajo un mismo techo G.A. Bécquer, Eusebio Blasco, Manuel del Palacio, Moreno Godino… y ya más modernamente las del café Gijón con César Gonzáles-Ruano y Camilo José Cela entre sus circustantes

Mariano José de Larra, uno de los habituales en El Parnasillo

  • Las veladas de salón
Claramente aquellos cafés llenos de resonancias del pasado son los que mayor curiosidad y atención literarias han llegado a despertar en el imaginario; pero, no fue solo en estos espacios públicos donde la intelectualidad del siglo XIX mostró sus panoplias de pulida camaradería, sino que también gustó de organizar no pocas tertulias en salones privados: la particularidad de estas reuniones de salón radicaba en que, debido a su carácter cerrado, se evitaban inesperados escándalos o la presencia de inoportunos arribistas, fisgones, y demás satélites aprovechados. La costumbre de organizar dichas veladas se encuentra ya extendida en los salones privados dieciochescos de la alta sociedad, donde convergían grande parte de las actividades sociales de las élites: aquellos salones solían ser ―bajo la excusa del entretenimiento― escenarios capitales para los negocios, la política, o las presentaciones en sociedad de la clase media. Tales esparcimientos no debieron ser muy distintos de aquellos que describió Mesonero Romanos en ‘El retrato’ —uno de sus más populares cuentos de costumbres— donde, poniéndose en la piel de un hombre anciano, venía a describir algunos usos y costumbres de las tertulias rocoquescas de la anterior generación:

Por los años de 1789, visitaba yo en Madrid, una casa en la calle ancha de San Bernardo, el dueño de ella, hombre opulento y que ejercía un gran destino, tenía una esposa joven, linda, amable y petimetra; [...] su tertulia se citaba como una de las más brillantes de la corte [...] me encontraba muy bien en esta agradable sociedad [...], y no una vez sola llegué a animar la tertulia con unas picantes seguidillas a la guitarra, o bailando un bolero que no había más que ver. (Mesonero Romanos, 1970: 34).

Curiosamente los espacios de las tertulias del XVIII, salvo excepciones, unían en su recinto a mujeres y hombres por igual, y no fueron pocas. Caben resaltar cronológicamente las veladas organizadas por la condesa de Lemos entre los años 1749 y 1751 y que vinieron a conocerse como las de la ‘Academia del Buen Gusto’. A caballo entre el XVIII y el XIX descollaron las de Margarita López de Morla, con un ambiente europeizante y abierto a las nuevas corrientes, llegando a ser frecuentada por Martínez de la Rosa, Quintana o Alcalá Galiano; o, por otro lado, las organizadas por Frasquita Larrea, esposa del hispanista alemán Juan Nicolás Böhl de Faber y madre de Cecilia Böhl de Faber, donde se profesaban ideas conservadoras en política, filosofía y literatura, siendo habitual la presencia de diputados y escritores realistas.

Más tertulias regentadas por mujeres fueron, décadas después, las dirigidas por Pardo Bazán en lo que se conocerían por las reuniones de los ‘lunes’ sitas en la calle San Bernardo; y, rebasando el siglo XIX aún se pueden mencionar las de la Infanta Eulalia —hija menor de Isabel II—, mujer cultivada y mecenas de artistas (Ezama Gil, 2008: 16-18).

La Infanta Eulalia de Borbón

  • Las veladas teatrales o teatros privados
Una mención aparte merecen las veladas teatrales donde la alta sociedad representaba en sus propios hogares obras dramáticas. Esta afición de orígenes remotos, llegó a cobrar tanto auge en el XVIII, que incluso se convirtió en tema teatralizable para los propios proscenios públicos, ejemplos tales Disposición y ensayo de una comedia casera (1776) de López Fando o La comedia casera (1766) de Ramón de la Cruz dan buena cuenta de ello (Freire, 1996: 7).

Pero será a mitad del antepasado siglo cuando realmente dichas representaciones vivan su edad de oro, de estas veladas literario-dramáticas destacaron los teatros de la condesa de Montijo —desde la década de 1840—, y el de los condes de Vilches, que entre las décadas de 1850 y 1860 alcanzaron prestigio. En dichos proscenios privados se daban cita tanto la nobleza con ínfulas artísticas, como autores y directores de primera fila, contratados a la sazón para alguna representación concreta. Así, hay constancia de que ejercieron como directores de escena excelentes autores tales Miguel Catalina o Fernando Romea (Ib.), llegando a intervenir incluso como actores; o, lo más sorprendente y que puede hacer una idea de la relevancia de estos teatros, incluso se llegaron a realizar auténticos preestrenos de obras dramáticas, antes de su presentación oficial en los proscenios oficiales. Caso conocido a este respecto es la celebrada obra dramática El hombre de mundo de Ventura de la Vega, que primero se puso en escena en el teatro de la condesa de Montijo antes que en el propio Teatro del Príncipe:

Además habían representado la comedia aficionados de la aristocracia madrileña. En el teatrito que la condesa de Montijo había construido en su quinta de Miranda en Carabanchel, Vega mismo dirigió su obra, y las hijas de la condesa hicieron papeles: Francisca de Sales, duquesa de Alba, y Eugenia, la que con el tiempo sería Emperatriz de los Franceses (Dowling, 1980: 216).
Ventura de la Vega, por Federico Madrazo

Para hacerse una idea de cómo era el ambiente baste rescatar las impresiones de Julio Nombela que en sus memorias dejó al respecto de uno de aquellos teatros —levantado por el adinerado escultor Ponciano Ponzano para dar pábulo a los caprichos de su mujer—,  y donde se representó la obra de Ventura, que además ejerció de director:

El escultor había mandado construir un teatrito capaz de contener de trescientos a cuatrocientos espectadores, sin más objeto que el de complacer a su joven y bellísima esposa, muy aficionada al arte escénico y dotada de facultades privilegiadas para la declamación […] Ventura de la Vega se había encargado de la dirección de los aficionados de uno y otro sexo que debían representar las obras elegidas por la primera dama y dueña de la casa, de acuerdo con él, ante un escogido público compuesto  de los numerosos amigos que en todas las clases sociales tenía Ponzano, admirado por su talento artístico y querido y bondadoso, más aún, por su angelical carácter […] La sociedad que frecuentaba la casa de Ponzano estaba compuesta de personas bien educadas, inteligentes, en su mayor parte artistas [..] (Nombela, 1976: 132, 135).

Del ambiente distendido y alegre de dicha reuniones teatrales, donde incluso los propios circunstantes llegaban a traducir obras francesas, se hallan constancias en las crónicas de salón de la época.

El director de escena era D. Florencio Romea, y la función constaba de tres piezas en un acto, expresamente arregladas para aquél proscenio 1º, Un caso de conciencia, de Octavio Feuillet, traducida por el marqués de Bogaraya; 2º Un palco en la ópera de Jules Lecomte, traducida por él mismo; 3º El muerto al hoyo, de Feuillet traducida por el marqués de Molins. En todas hizo de protagonista aquella condesa de Vilches, dueña de la casa, tan linda, tan displicente, tan nerviosa […]El entusiasmo que regía estos espectáculos no hay pluma que lo describa. El objeto del culto y de la admiración de todos era aquella condesa, cuya hermosura era un portento, su trato una atracción irresistible, su conversación un vértigo y su talento una seducción. Poetisa, novelista, soñadora, aquella mujer arrebataba (Pérez de Gúzman, 1896: 13-14).

Atendiendo a estos testimonios se infiere que a aquella sociedad aristocrática de gusto exquisito y buenas maneras, amén de tener siempre un palco reservado en el Real o en el del Príncipe, también gustó frecuentar los populosos teatros no tanto para dejarse ver, que también, sino para divertirse como auténticos actores dramáticos:

No obstante, conforme Diciembre avanzaba, la sociedad de la condesa del Montijo se iba animando, y en vísperas de Nochebuena la condesa dispuso una representación teatral, y tras de ella, un acto que era el cumplimiento de una promesa hecha dos años antes. Las obras elegidas para la representación fueron Un elijan y Doce retratos, seis reales; los actores la marquesa de Folleville, Pura Alaminos, el joven duque de Medinaceli, Santiago Liniers, Miguel de Cervantes y el niño Bejarano, hijo de la condesa de la Nava del Tajo; el público, por último, el de las grandes solemnidades de la casa, o, lo que es lo mismo, toda la aristocracia histórica, toda la superioridad política y toda la literatura restauradora (Ib.: 23).

Hay una estadística curiosa que rescata Pérez de Gúzman, la cual, a colación de un extenso estudio sobre los salones aristocráticos y saraos organizados por la alta sociedad, da cuenta del número de veladas teatrales realizadas en la temporada de invierno desde el 29 de octubre de 1872: “Hubo además tres representaciones dramáticas en el palacio del Montijo, dos en el de la condesa de Vilches y uno en el de los duques de Medinaceli” (Ib.: 17).

Amalia de Llano, por Federico Madrazo

Y es que como señaló la estudiosa en la materia Ana María Freide “Ya no es únicamente la aristocracia la que levanta teatritos en el interior de sus viviendas, sino también la clase media-alta, las familias desahogadas económicamente (Freire, 1996: 18). Además de los citados espacios, hubo otros en Madrid, tales el teatro Ventura de la duquesa de la Torre, donde se dio a conocer el aristócrata actor Fernando Díaz de Mendoza; el teatro Ida del banquero Bauer, en la calle de San Fernando esquina con la del Pez; y más tardío el teatro Josefina inaugurado en 1894 por el senador riojano Protasio Gómez Cabezón. Pero no cabe extenderse más aquí, que otros vendrán y lo cantarán con mejor plectro como dijo el sabio una vez, y sí, atender ya las veladas literarias —no dramáticas— propiamente dichas.

  • Algunas veladas privadas
En aquella coronada villa transitada por berlinas y alumbrada por faroles de aceite surgió —hacia la década de 1830— la tertulia privada de don Mariano Roca de Togores: allí lucieron su levita próceres dramaturgos tales un joven Ventura de la Vega, un Bretón de los Herreros o un Gil de Zárate. No sería desacertado aseverar, por tanto, que en la década siguiente quedaron configuradas las modernas tertulias de salón madrileñas. Dichas reuniones literarias de mediados de siglo insuflaban un espíritu de asociación que pugnaba, además, como alternativas a los escenarios fijados por ateneos, liceos, academias... Cabe subrayar que en 1835 y 1836 se fundarían precisamente el Ateneo Científico y el Liceo Artístico Literario respectivamente, signando dichas instituciones el nuevo rumbo de regeneración por el que debía discurrir el país. Pero dicha pugna entre ateneos y liceos por un lado y tertulias por otro, finalmente acabó decantándose por estos últimos como afirmó el padre agustino Blanco García:

Cuando el Liceo desaparecía, y en la marcha del Ateneo se notaban síntomas de ostensible decadencia, los penates de la literatura se trasladaron al recinto doméstico, y las moradas de algunos prohombres políticos o de meros literatos se vieron convertidas en academias del buen gusto, templos de Apolo y lugares de refugio para las musas, donde se derrochaba el ingenio en saladas improvisaciones, se discutían las obras de los contertulios, y se disertaba sobre temas de arte y erudición (Blanco García: 8).

Otra de las más veteranas tertulias privadas del segundo tercio del XIX fue la que semanalmente celebró Patricio de la Escosura, sita en la calle del Amor de Dios, donde se reunían Donoso Cortés, Pastor Díaz, Bretón de los Herreros..., todos ellos oradores y poetas moderados (Ib.: 8). Pero, ya a mediados de siglo, las más sobresalientes fueron los viernes literarios del Marqués de Molins, las de los Duques de Híjar y la de la  mencionada Condesa de Montijo, celebrada los domingos. No le fueron a la zaga los salones de la clase media, especialmente en el periodo del Sexenio, cuando la burguesía emergente tomó el testigo de la vieja aristocracia. Eusebio Blasco en sus Memorias íntimas recordaba al respecto:

No podía yo imaginar entonces que los hombres que nos habían educado en ideas revolucionarias, nos obligarían á ser monárquicos al día siguiente de la caída de un trono secular [Amadeo de Saboya]. O’ Donnell me lo dio á entender y yo no lo entendí. Las tertulias o salones no aristocráticos, pero muy entonados y a la moda, también abundaban. Había bailes y soirées en casa de Casañas, en la calle de San Agustín; en casa de D.ª Paz Maríategui; en casa de Álvarez, D. Fermín Álvarez, hombre de mundo y músico muy distinguido, autor de varias canciones a las que yo puse la letra, entre ellas aquella de Los ojos negros, cuya copla que empieza: «Para jardines Granada» (Blasco Soler, 1904:130).

De esta nueva pléyade podrían citarse las tertulias de ‘Los lunes’ de D. Antonio Cánovas del Castillo y su mujer, Dª Joaquina Osma, organizadas en su posesión de la Huerta hacia el segundo lustro de 1880; o la que sostuvo el crítico de arte Gregorio Cruzada Villamil hacia 1854 uniendo a los miembros arrivados de la tertulia granadina de 'La cuerda' —como Alarcón, Manuel del Palacio o Castro y Serrano—, con otros como Luis Eguílaz, Antonio Trueba o el pintor Germán Hernández.
Fundidas las dos colonias en una, aprendieron los individuos de entrambas el arte de la esgrima en un salón destinado al efecto por Cruzada, y convertido después en local de veladas poéticas donde leían sus composiciones Núñez de Arce, Alarcón, Trueba y Florentino Sanz (Blanco García, 1903: 8).

Incluso un veterano Juan Valera encabezó hacia la década de1890 la suya en torno a su casa de la cuesta de Santo Domingo de Madrid donde, los sábados, acudían regularmente Menéndez Pelayo, Manuel de Sandoval, el catedrático Narciso Campillo, los hermanos Quintero y otros. Gracias, precisamente, a su larga vida “pudo contemplar los nacimientos del modernismo y el 98. Murió en 1905, en su casa de la cuesta de Santo Domingo”. (Amorós, 1989: 15). En dicha tertulia sería recibido el corifeo modernista Rubén Darío dentro de su primera estadía española, al cual “en honor del poeta y para que leyese sus versos dedicó don Juan uno de sus sábados, y Rubén, el cantor americano que innovaba, que en nada se parecía a los prestigios actuales de la lírica española, fue aplaudido y consagrado” (Ortiz de Pinedo, 1951: 3).

Pero a pesar de todo, la popularidad de dichos salones, con el decurso del tiempo y avanzando ya el siglo XX, fue decreciendo poco a poco hasta ser preteridos por la mayoría de los jóvenes escritores y artistas, pues o bien encontraron en sus propios salones, más humildes y bullentes, un ágora para dar rienda suelta a costumbres relajadas y menos estrictas en etiquetas, véase la referida por Azorín como ‘Los miércoles de Luis Contreras’ que eran “reuniones bohemias en que se habla de todo, y se exponen programas de estética, y se lanzan anatemas” (Martínez Ruiz,1897: 3), o, las del procaz y modernista Francisco Villaespesa donde amén de forjarse proyectos como la revista Electra, en ocasiones, los excesos también hicieron acto de presencia.

  • El cambio de costumbres
En definitiva, los espacios de reunión, a la par que el ejercicio de las Letras fue cada vez menos patrimonio de aristócratas y burgueses los espacios de sociabilización fueron cambiando, y, como es natural, al auge de los cafés con su ambiente democrático y abierto, hallaron oportuno acomodo los nuevos hijos de las musas donde divulgar y acoger favorablemente los nuevos ideales, ya fueran político o literarios;

Estos pequeños círculos se caracterizaban en la época por la gran movilidad de sus participantes, lo que permitía frecuentes intercambios y un amplio abanico de relaciones personales. En estas reuniones se alardeaba de genio e ingenio y, a la par que se discutía sobre asuntos políticos candentes, protagonizaban episodios que respondían a un común y desmedido afán de escandalizar a la conservadora clase media, a un deseo también de singularidad propio de la bohemia modernista fin de siglo (Santos Zas, 2002: s.p.).

Pinaculo de todo ello es la conocida como Edad de Plata de las Letras españolas, donde un Valle-Inclán en el Fornos o la Horchatería de Candelas, un Gómez de la Serna en el Pombo, o un Cansinos Assens en el Café Colonial lanzaron sus proclamas modernistas, ultraístas..., entre la juventud triunfante: los tiempos de las letras aristocráticas daban ya su canto del cisne. Pero incluso a los grandes salones de café les llegaría su hora transcurrido el siglo XX, y con ello, con el cierre del Fornos, del Suizo, y tantos otros el espíritu de aquella época se fue diluyendo en la memoria del siglo viejo. Los tiempos marchaban a una velocidad que no permitían el lujo de detenerse pausada y laxamente a ver enfriar el café. Los cocktail empezaban a triunfar.

Los establecimientos que dieron la puntilla a los grandes espacios en que los parroquianos pasaban horas y horas sin consumir más que un café con leche y media tostada, fueron los bares de tipo americano, en los que, en una pequeña y estrecha sala, con un gran mostrador o «barra», los clientes de pie o sentados en altos taburetes tomaban consumiciones, por regla general de bebidas alcohólicas. El aperitivo se puso de moda, también la copa al atardecer. Por otra parte apareció un nuevo tipo de cliente. Jóvenes deportistas, alegres y resueltos, que rompían con el decadente bohemio de café (Bonet Correa, 2012: 63).

¡Salud!

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BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA. 

AMORÓS, Andrés (1989), “Introducción”, Pepita Jimenez, Madrid, Espasa/Calpe, pp. 9-37.


BLANCO GARCÍA, Francisco (1903), La literatura española en el siglo XIX, vol II, Sáenz de Jubera Hermanos, Madrid.


BLASCO SOLER, Eusebio (1904), Obras completas: Memorias íntimas, vol. 4, Madrid, ed. Leopoldo Martínez.


BONET CORREA, Antonio (2012), Los cafés históricos, Madrid, Cátedra.


DOWLING, John (1980), “El anti-Don Juan de Ventura de la Vega”, en RUGG, Evelyn y GORDON, Alan M. (coords.) (1980) Actas del Sexto Congreso Internacional de Hispanistas, University of Toronto, pp. 215-218.


EZAMA GIL, Mª Ángeles (1988), “La ilustración de los relatos breves en la revista Vida Galante”, Boletín del Museo del Instituto Camón Aznar, nº XXXV, Zaragoza, Obra Social de la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, pp. 73-95.


FREIRE, A. María (2002), “Salones y teatros de la sociedad en el siglo XIX” en ÁLVAREZ BARRIENTOS, Joaquín (2002), Espacios de la comunicación literaria, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, pp. 147-160.


MARTÍNEZ RUIZ, José (1897), “Más sobre lo mismo”, El Motín, 20 de marzo de 1897, p. 3.


MESONERO ROMANOS, Ramón de (1832, ed. 1970), Escenas matritenses: La vida cotidiana del siglo XIX descrita por el mejor de los costumbristas españoles, edición de Ángeles Cardona de Gibert, Barcelona, Bruguera.


NOMBELA, Julio, (1912, ed. 1976), Impresiones y recuerdos, Madrid, Tebas.


ORTIZ DE URBINA Y SOBRINO, Paloma (2003), La recepción de Richard Wagner en Madrid: 1900-1914, Tesis Doctoral, Madrid, Universidad Complutense,  [http://biblioteca.ucm.es/tesis/ghi/ucm-t26883.pdf] fecha de consulta el 1 de julio de 2017


PÉREZ DE GÚZMAN, Juan (1896), “Los salones de la Condesa del Montijo”, La España Moderna, nº 89, pp. 5-23.


SANTOS ZAS (dira.) (2002), Margarita, Cátedra Valle-Inclán, Introducción a la vida y obra de Valle-Inclán : Vida y obra, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes [http://www.cervantesvirtual.com/bib/portal/catedravalleinclan/pcuartonivelc25d.html?conten=autor#indice] Fecha de consulta el 3 de julio de 2017

jueves, 22 de junio de 2017

Derivas e impresiones (VI)

22. Jun. (Calles) 

Calles, colmadas por la quietud de una pausa arrítmica, diferente, inesperada; por la luz primera del estío que calienta más que ayer, pero menos que mañana; y… por la sordina de algunos pasos arrastrados que parecen no querer llegar nunca a su destino. Calles, donde la pulsión del silencio hierve avivando el fuego de la imaginación; donde el poeta se torna en un dios, y sus cuartillas semejan aquel barro con el que moldear a su propio Yo. Calles, de un quebradizo misterio desentrañado al detenerse en ellas; de una sinfonía de paradojas que roza la tragedia del ayer y la comedia del mañana. Calles donde pausarse, meditar, y traducir en un diario el idioma del sosiego recuperado. Calles, donde tú te encontraste conmigo mismo. 


jueves, 1 de junio de 2017

Anarquismo en la literatura bohemia



Escenas del anarquismo en la literatura de índole bohemia (Emilio Carrere y El reino de la calderilla; Luces de bohemia, La rosa en llamas de Valle-Inclán; y Caruty de Aurora roja)
En el alborear del viejo siglo la literatura bohemia trazó no pocas escenas relacionadas con el anarquismo, y es que hacia finales del siglo XIX y principios del XX corrió una suerte de moda anarquista, y más concretamente hacia lo que se conoció como anarquismo literario: Allí la efímera revista La Anarquía Literaria (1905); acá la satírica y anticlerical Don Quijote (1892--1903) cuyo lema rezaba “este periódico se compra, pero no se vende; acullá Azorín con sus juveniles artículos sobre anarquia y literatura; incluso Rubén Darío llegó a declarar “yo soy anarquista, porque no puedo ser príncipe; pero mi anarquismo es otro. ¡Quiero la aristocracia del talento!”. Otros ejemplos menos enfáticos los encontramos en las historias folletinescas, al estilo de Misterios del Anarquismo publicados en el Heraldo de Madrid, por Hamlet Gómez[1], y cuyo rubro recogía una moda postrera ―la de los Misterios― que principiara Eugène Sue hacia 1840; también cabe recordar Mi bohemia revolucionaria (1921) de Salvador Cordón[2]; la colección de cuentos Dinamita Cerebral (1913) prologada por Joaquín Mir y Mir, o versos de autores tan dispares como Xavier Bóveda: “Y fui hampón una noche y otra noche anarquista/ y sentí la añoranza de una bomba en mi mano,/ y fui, más tarde, artista/ vagabundo y mundano” (Bóveda, 1917: 97), o Valle-Inclán al que luego se le dará cuenta. 




Emilio Carrere: cronista de la pirueta madrileña
Pero poniendo el foco en autor, bien podríamos empezar remembrando al dicharachero cronista de la bohemia madrileña: Emilio Carrere. Este autor, incansable brujuleador de la noche, y analista de mastuerzos literatos, no fue ajeno a tales comuniones; recopiló no pocas anécdotas “de la bohemia piruetista y el anarquismo barbudo y traspillado en conjunción clownesca” según apuntaba Davamesk. Un ejemplo de ello lo encontramos en uno de sus artículos donde da cuenta de un traspillado traspillados y disparatado encuentro entre el escritor Francisco Villaespesa y un joven, y todavía anarquista, Julio Camba. 

Un día de opulencia se encontró con Julio Camba. Villaespesa tenía un aire de gran señor, llevaba bajo el brazo un formidable envoltorio. —Acabo de cobrar un libro y... me he comprado doce mudas. —Hombre, me alegro mucho—exclamó Camba—; tengo una cita galante con una bailarina, con la...—y pronunció uno de esos nombres radiantes, cascabeleros, armados de voluptuosidad, que, desde los carteles teatrales, hacen latir violentamente a los corazones de veinte años—. Estaba muy triste, porque no podía ir por el estado ruinoso de mi deshabillé. Pero tú has venido a salvarme. Me darás unos calzones. —La cosa es que, verás... calzones no he comprado ninguno. —Me contraría mucho; pero, en fin, me darás dos camisetas.  —Tampoco, porque yo creo que la camiseta es una prenda superflua, y no he comprado ninguna.  —Bueno, hombre. ¡Al menos, me darás una camisa! —Chico, la verdad, no puedo darte una camisa... entera. —¿Eh? Villaespesa desenvolvió su lío. Las doce mudas se reducían a doce camisolines, o sea doce cuellos y doce pecheras. ¡Oh, prodigios de la fantasía! La hermosa bailarina esperó en vano aquella noche a Julio Camba. […] Estos episodios pertenecen a la época heroica de mi generación literaria. Cuando Camba era anarquista y sufrió un proceso por injurias a San Judas Tadeo (Carrere, 1918: 78-80).

 De Emilio Carrere es también la novelita García de Tudela más tarde recopilada en un refrito intitulado El reino de la calderilla[3], donde recreó aquel ambiente frontero que entre la poetambre y las figuras anarquistas acaecía. Unas relaciones, en este caso, donde la impostura por parte de los ‘solidarios’ bohemios se prodigo en demasía:

Las horas de comer en el hostal daban origen a terribles controversias entre los pupilos. A la sazón menudeaban los atentados anarquistas, cosa que indignaba mucho al catalán, que era un hombre de orden y de creencias. —Pero esa policía, hombre ¿qué hace que no desuella vivos a esos dinamiteros? ¡Valiente gentuza! El señor Terranova, uno de los personajes barbudos y melenudos, dio un violento golpe con su tenedor: —Usted no entiende nada de sociología, Raventós; usted es un mercachifle que no alcanza el ideal de esos apóstoles rojos. —¿Pero usted va a hacerme creer que no son unos criminales? —¡Pues claro que no! —Arguyó el otro traspillado y siniestro cofrade—. ¡La dinamita es el incienso que se quema en los altares del porvenir! […] Al oír que se trataba de luchar, García se sintió poseído de un gran ardor revolucionario: —¡Ah, compañeros! ¡Yo seré de los vuestros cuando llegue la hora de la lucha! ¡Yo iré con la tea encendida a quemar los palacios de los poderosos, a destruir los templos  y los Bancos, que son las catedrales de la burguesía! Sus comensales estaban un poco perplejos y el luchador continuó, presa de la divina fiebre de la elocuencia: ¡Esta sociedad está podrida! ¡Ya asoma en el horizonte la aurora roja de la revolución, los oprimidos afilan sus puñales en la sombra y se preparan para asaltar las tiendas de comestibles! ¡Compañeros, que no quede una sola cogulla ni un solo cetro! —Viva García de Tudela! —gritó el compañero Terranova subiéndose sobre una silla. —¡Viva el gran luchador! aulló Quijada agitando las servilleta. —¡Nosotros, los ácratas, debemos cantar la internacional con violines hechos de tripas de burgués! ¡Nosotros realizaremos las teorías de Bakounine y Kropotkine! ¡A luchar, compañeros! ¿Queréis que vayamos ahora mismo a asaltar el Ministerio de la Gobernación? Los dos hombrecillos terribles y barbudos le obsequiaron con una ovación delirante (Carrere, 2008: 84-85).

Bien es cierto que en la obra de Carrere el bohemio García de Tudela no va, finalmente, a quemar ningún Ministerio. En un momento dado aquellos dos anarquistas planean llevar a cabo un atentado contra la familia real, que desfilaba en tal sazón por Madrid, y dando por hecho que Tudela era realmente uno de los suyos, se sucede un episodio que bien podría calificarse de esperpéntico con permiso de don Ramón del Valle-Inclán:

Y se perdió entre la jovial y apretada muchedumbre, cuyo clamoroso vocerío se alzaba con un largo rumor de mar. Cuando estaba ingenuamente ocupado en mirar a las mujeres, en ver el brillo del sol en las bruñidas bayonetas o en admirar la áurea bola de Gobernación, se sintió asido violentamente por el brazo. —¡Salud, compañero García de Tudela! Al volverse se halló con sus camaradas de hospedería, los traspillados y barbudos anarquistas. El compañero Terranova, inmensamente pálido, con los ojos sangrientos y desorbitados, miraba recelosamente a todas las partes, apretando contra su pecho una sombrerera. Su cofrade, el terrible Quijada, con muestras de igual azoramiento, le habló al oído misteriosamente: —Ha llegado la hora compañero! Y antes de que García de Tudela pudiese impedirlo, el compañero Terranova depositó en sus manos temblorosas la misteriosa sombrerera. —Pero ¿qué es lo que hay dentro de esta caja? —balbuceó el poeta. —¡¡Una bomba!! —respondieron a dúo ambos desarrapados camaradas. García de Tudela estuvo a punto de desmayarse, pasó una nube roja por sus ojos y sus piernas temblequeaban de terror. Al recobrarse, los compañeros Quijada y Terranova habían desaparecido. El compromiso era tremendo. ¿Qué iba a hacer él con aquella máquina infernal que un azar terrible había puesto en sus manos? Porque llegada la hora de la acción, el fiero García de Tudela sentía que le faltaban arranques para lanzar el explosivo. «Por qué habré yo dicho todas aquellas tonterías? ¡Si no soy capaz más que de escribir mis Mariposuelas!» Y el luchador lloraba desesperadamente […] (Carrere, 2008: 88-89).

Carrere también afiló su pluma con el revolucionario y escritor Eduardo Barriobero, del cual pergeñó una simpática crónica donde gustó resaltar, además de su inquieta labor como activista…: 

Todos sabéis que Barriobero es un terrible revolucionario, un formidable socavador del orden social. Durante mucho tiempo, su melancólica silueta quijotesca ha sido la pesadilla de golillas y de ministriles. ¿Qué había un mitin de cigarreras? Barriobero a la cárcel. ¿Que algún orondo cacique se levantaba dispépsico? Metamos a Barriobero en chirona. La tranquilidad del respetable vulgo reclamaba que el peligroso anarquista estuviese siempre aposentado en el hosco palacio de la Moncloa. Y a veces resultaba una admirable combinación económica para Barriobero... porque en la calle, los comestibles habían decidido trasladarse a Saturno (Carrere, 1918: 127).

Su no menos importante habilidad a la hora de preparar el plato estrella del Levante español: 

Porque este terrible revolucionario es un supremo artista en sus paellas, señores míos. Yo uno a este suculento recuerdo un buen puñado de episodios juveniles; mi estómago siente una onda sentimental al evocar aquellos arroces, que eran como un paréntesis de encanto en medio de aquellos días menesterosos, en que el más loco y bizarro mocerío florecía en rosas de alegría e imprevisión (Ib.: 128-129).

El Barriobero de aquella época era inquieto redactor de revistas como Germinal; destacó además encomiablemente en su labor de abogado defendiendo múltiples causas a favor de trabajadores y sindicalistas; de ellos hubo aproximadamente 500 casos a favor de anarquistas (Zakopane, 2011: 231). Pero la ardua labor de Barriobero no quedó ahí, ya que también descolló como un sui generis traductor que “volcaría de manera muy personal al castellano también a Dostoievski, Goethe, Quincey, Luciano, Suetonio, Ovidio, Maquiavelo…” según cita Zakopane. Se podría decir que el bueno de Barriobero vivió su particular bohemia madrileña asistiendo a algunas tertulias como la del café la Luna, donde, y en connivencia, con Ernesto Bark, se barruntó abrir una ‘Casa de la Bohemia’ cuya “pintoresca paradoja” ―como afirmaba Carrere― pretendía auxiliar a los menesterosos hijastros de las Letras. 


En Luces de bohemia
Atendiendo ya a otro campo artístico, y más concretamente a los escenarios de la musa Melpómene, quizá, la representación más famosa que recoge la conjunción de simpatías bohemio-anarquistas sea la celebérrima Luces de bohemia, del controvertido e inimitable Valle-Inclán. En el imaginario colectivo está aquella escena VI, que tan augustamente fue interpretada en el cine por Fernando Arrabal e Imanol Arias.  Es allí donde el viejo y ciego poeta, Max Estrella, al entrar en los calabozos de una prevención matritense, mantiene una suerte de diálogo con un preso anarquista catalán —no por casualidad se llama Mateo— que aguarda el momento de ser ejecutado. Valle-Inclán alejado de ese tono chistoso y caricaturesco, tan característico en los textos de Carrere que hemos visto, presenta aquí un estremecedor diálogo donde ambos protagonistas, escritor y obrero, se ven hermanados por la miseria:

MAX: ¿Eres anarquista? EL PRESO: Soy lo que me han hecho las Leyes. MAX: Pertenecemos a la misma Iglesia. EL PRESO: Usted lleva chalina. MAX: ¡El dogal de la más horrible servidumbre! Me lo arrancaré, para que hablemos. EL PRESO: Usted no es proletario. MAX: Yo soy el dolor de un mal sueño. EL PRESO: Parece usted hombre de luces. Su hablar es como de otros tiempos. MAX: Yo soy un poeta ciego. EL PRESO: ¡No es pequeña desgracia!... En España el trabajo y la inteligencia siempre se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero. MAX: Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol. EL PRESO: No basta. El ideal revolucionario tiene que ser la destrucción de la riqueza, como en Rusia. No es suficiente la degollación de todos los ricos. Siempre aparecerá un heredero, y aun cuando se suprima la herencia, no podrá evitarse que los despojados conspiren para recobrarla. Hay que hacer imposible el orden anterior, y eso sólo se consigue destruyendo la riqueza. Barcelona industrial tiene que hundirse para renacer de sus escombros con otro concepto de la propiedad y del trabajo. En Europa, el patrono de más negra entraña es el catalán, y no digo del mundo porque existen las Colonias Españolas de América. ¡Barcelona solamente se salva pereciendo! (Valle-Inclán, 1997: 98-100).

En la conversación Valle-Inclán amalgama varios problemas contemporáneos como el de la ‘Semana trágica de Barcelona’ de 1909[4]; los excesos que acarreó la ‘Ley de fugas’ del 20 de enero de 1921[5] que supuso un caldo de cultivo, entre otras cosas, para ese ambiente guerracivilístico que Barcelona sufrió con el pistolerismo; también la virulenta conflictividad laboral; o el rechazo a la Guerra de Marruecos: “EL PRESO: Es cuento largo. Soy tachado de rebelde… No quise dejar el telar por ir a la guerra y levanté un motín en la fábrica. Me denunció el patrón […] Conozco la suerte que me espera. Cuatro tiros por intento de fuga […]” (Ib.: 102); sin olvidar, incluso, la corrupción o servilismo que los grandes medios de comunicación de la época ofrecían ante el poder: “EL PRESO: Llegó la mía... Creo que no volveremos a vernos...MAX: ¡Es horrible! EL PRESO: Van a matarme... ¿Qué dirá mañana esa Prensa canalla? MAX: Lo que le manden..” (Ib.: 104). Debe quedar claro a este respecto que la primera versión de Luces de Bohemia aparecida en el semanario España no incluía las escenas segunda, sexta y undécima, por lo tanto la escena aquí expuesta es resultado de aquel clima de crispación, y represión social, latente en el momento[6].
Valle-Inclán también se acercó a la cuestión anarquista por medio de un poema titulado Rosa en Llamas, donde hay un manifiesto motivo poético hacia Mateo Morral. Curiosamente en su versión definitiva aparecida en Claves Líricas (1930) lo modificó sustancialmente borrando cualquier huella que lo identificara con aquel hecho concreto, quedando el poema como una composición de tintes vagamente reivindicativos. La primera versión, que es la que interesa aquí, se publicó el 22 de julio de 1918 en la primera página de la efímera revista aliadófila Los Aliados[7].
Claras lejanías...Dunas escampadas...
La luz y la sombra gladiando en el monte.
Tragedia divina de rojas espadas
Y alados mancebos, sobre el horizonte.
El camino blanco, el herrén barroso
La sombra lejana de uno que camina,
Y en medio del yermo, el perro rabioso,
Terrible el gañido de su sed canina
..¡No muerdan los canes de la duna ascética
La sombra sombría del que va sin bienes,
El alma en combate, la expresión frenética,
Y el ramo de venas saltante en las sienes!...
En mi senda estabas, mendigo escotero.
Con tu torbellino de acciones y ciencias:
Las rojas blasfemias por pan justiciero,
Y las utopías de nuevas conciencias.
¡Tú fuiste en mi vida una llamarada
Por tu negro verbo de Mateo Morral!
¡Por su dolor negro! ¡Por su alma enconada,
Que estalló en las ruedas del Carro Real!...

Henry Cornuty (Caruty)
Henri Cornuty, o Enrique Cornuty como se le conocía en el Madrid 1900, fue un bohemio y anarquista —de ideas más que de acciones— que pululó por las tertulias y cenáculos de la ‘gente del 98’, prodigando no pocas anécdotas —la mayoría de ellas, recogidas por los hermanos Baroja— que dieron que hablar. Este, además, quedaría inmortalizado en nuestra literatura al ser utilizado por Pío Baroja como modelo para la construcción de uno de sus personajes en Aurora roja, nos referimos al irreverente anarquista Caruty. Entre las escenas que protagoniza en la novela destaca aquella donde el bohemio francés, asistiendo a un mitin político, en un momento dado subió al escenario y fuera de sí lanzó a los cuatro vientos aquel lema tan finisecular que fue “Viva la anarquía! ¡Viva la literatura!”:


Y Juan siguió hablando; su voz, que se iba haciendo opaca, tenía entonaciones de ternura; sus mejillas estaban encendidas. En aquel momento parecía sentir los dolores y las miserias de todos los abandonados. Nadie seguramente pensaba en la posibilidad o imposibilidad de las doctrinas. Todos los corazones de la multitud latían al unísono. Ya iba a terminar Juan su discurso, cuando se produjo un escándalo en las últimas filas de butacas.
Era Caruty, que se había subido al asiento, pálido, con la mano abierta.
—¡Fuera! ¡Fuera!, que se siente -gritaron todos, creyendo quizá que intentaba replicar al orador. —No, no me sentaré —dijo Caruty-. Tengo que hablar. Sí. Tengo que decir: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura! Juan le saludó con la mano y dejó la tribuna. Una agitación extraña se sintió en el público. Entonces, como despertado de un sueño y dándose cuenta de su belleza, todos, de pie, se pusieron a aplaudir de una manera rabiosa. La Salvadora y Manuel se miraban conmovidos con lágrimas en los ojos. El presidente dijo algunas palabras, que no se oyeron, y terminó la reunión.
Comenzó a salir la gente. En el pasillo del escenario se habían amontonado grupos de entusiastas de Juan. Eran obreros jóvenes y aprendices con trajes azules; casi todos anémicos, tímidos, con aire de escrofulosos. Al salir Juan le estrecharon alternativamente la mano con efusión apasionada. —¡Salud, compañero! —¡Salud! —Dejadle al hombre, que está malo —dijo el Libertario. Caruty se pavoneaba entusiasmado. Sin notarlo, sin comprender quizá, había dado la nota verdadera del discurso de Juan: ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura! En el momento de salir a la calle, dos agentes de la Policía se echaron sobre el francés y le prendieron. Caruty sonrió y cantó entre dientes, mirando con desprecio a una burguesía imaginada, la canción de Ravachol. Juan, Manuel y la Salvadora volvieron en coche a casa. —¿Qué ha querido decir Caruty? —preguntó Manuel—. ¿Que la Anarquía es cosa de Literatura? —Ni él mismo lo sabrá —dijo Juan. —No, no; él ha querido decir algo —repuso Manuel. ¡Anarquía! ¡Literatura! Manuel encontraba una relación entre estas dos cosas, pero no sabía cuál (Baroja, 2011: 346-348).

El crítico Marín Martínez, apuntó en su edición de Aurora Roja que “Caruty está reproduciendo la misma pasión que por la literatura sentía la persona real” (Baroja, 2011: 347). De hecho este suceso se produjo, y es que parece que Cornuty era dado a llamar la atención en los espectáculos, ya en Gente del 98, Ricardo rescata la anécdota de cómo el bohemio, tras ser invitado por Benavente a una representación, este en un momento dado se levantó de su asiento y gritó: “La obra es bien. La compañía, no. Todos mal, menos Agapito Cuevas” (Baroja, R., 1989: 73); el francés como no podía ser menos acabaría siendo expulsado “ignominiosamente del teatro” (Ib.: 73).  Pero volviendo al suceso de Caruty, según testimonia Pío Baroja, acaeció de forma parecida en el antiguo teatro Barbieri, hoy día una cafetería del mismo nombre en el barrio de Lavapiés. Parece que Caruty fue uno de los primeros en España en equiparar la anarquía con la literatura, amén de “traer el decadentismo a España” como refirió Ortega, y este hecho no resulta casual, pues en Francia fueron precisamente los decadentes, los primeros en aunar tales conceptos. Anatole Baju, director de Le Décadent, altavoz oficial encargado de difundir tal escuela, organizó con Louis Michel[8] una serie de charlas sobre Décadence et anarchie, donde la activista llegó a manifestar “la literatura decadente será anarquista o no será” (AA.VV, 2009: 191). De tal forma Cornuty, ya conocedor de tales relaciones, se presenta para los escritores más conservadores del 98 como un tipo reaccionario, para bien y para mal. “Cornuty fue el que en un mitin anarquista del teatro Barbieri gritó con entusiasmo: «¡Viva la anarquía! ¡Viva la literatura!» esta equiparación de la anarquía con la literatura no se podía considerar disparatada, sino más bien certera, porque la anarquía de este tiempo era cosa más literaria que política” (Juan Arbó, 1963: 266). 

Dibujo de Cornuty por Pablo Picasso

* * *
Estas y muchas otras fueron las estampas y aguafuertes de la literatura bohemia y el anarquismo, aquí, solo hemos querido recoger, con cierto gracejo, una breve muestra para dar cuenta de ello.

Bibliografía.

AA.VV. (2009), Antología del decadentismo, edición a cargo de Claudio Iglesias, Caja Negra, Buenos Aires.
BAROJA, Pío (1904, ed. 2011), Aurora roja, Madrid, Cátedra.
BAROJA, Ricardo (1952, ed. 1989) Gente del 98/ Arte cine y literatura, Madrid, Cátedra.
BÓVEDA, Xavier (1917) Epistolario romántico y espiritual. Rosario lírico y otros poemas, Orense, Impr. de La Región.
CARRERE, Emilio (1918), La copa de Verlaine, Madrid, Fortanet.
-------- (2008), El reino de la calderilla, Madrid, Valdemar.
GUTIÉRREZ BARAJAS, Mª José (2009), Emilio Carrere, escritor de novelas, Tesis Doctoral, Madrid, Universidad de Alcalá.
JUAN ARBÓ, Sebastián (1963), Pio Baroja y su tiempo, Madrid, Planeta.
VALLE-INCLAN, Ramón María del (1918), “Rosa de llamas”, Los Aliados, 20 de julio de 1918, p. 1.
-------- (1924, ed. 1997), Luces de bohemia, Madrid, Espasa-Calpe.
ZAKOPANE (2011), “Tinta negra”, en AA.VV. (2011), Vacaciones en Polonia: Literatura y Dinamita, nº 5, pp. 216-259.





[1] Seudónimo de Antonio Sánchez Ruiz.
[2] Salvador Cordón Avellán (1887-1958), activo anarquista andaluz, fue un convencido maestro racionalista que llegó a impartir clases en la Escuela Racionalista del Centro Obrero de Castro del Río, colaboró activamente en la prensa libertaria, y fundó algún periódico. Emigro por dos veces a Argentina, la primera escapando del servicio militar español en 1907, la segunda en los años 30.. Como literato escribió algunas zarzuelas y novelas, participando en la colección patrocinada por la familia Urales la Novela Ideal. Murió en Buenos Aires víctima de un accidente de tráfico.
[3]  María José Gutiérrez Barajas, que es quien mejor ha estudiado la narrativa de Carrere en su tesis Emilio Carrere, escritor de novelas, dice sobre esta “El reino de la calderilla, novela formada por capítulos o fragmentos de capítulos de otras novelas, cuyo resultado es un pastiche de su propia obra” (Gutiérrez Barajas, 2009: 64).
[4] Oleada de disturbios surgidos en Barcelona el 26 de julio y sucesivos, debido al envío de tropas reservistas a la guerra de Marruecos, y que acabó derivando  en episodios de violencia anticlerical con quema de iglesias y el triste resultado de un centenar de muertos.
[5] La ‘Ley de fugas’ permitía a los guardias disparar contra un preso que supuestamente intentaba escapar, esto permitió que a muchos prisioneros incómodos se les diera el paseíllo permitiéndoles alejarse una distancia suficiente para que los guardias, creyéndolo conveniente, les disparan por la espalda; en este sentido, se puede considerar, por tanto, como una pena de muerte en toda regla. De hecho, la prensa cuando recogía estos incidentes,  en lugar de presentarlos como asesinatos políticos, los presentaba como casos de ley y orden.
[6] Aquella conflictividad latente que tuvo momentos cumbre como el de la huelga de La Canadiense en febrero-marzo de 1919, culminó con el asesinato del presidente del gobierno Dato, a manos de un anarquista el 8 de marzo de 1921 algo que sin duda no dejaría indiferente al observador escritor.
[7] Semanario defensor de los aliados en la Gran Guerra, apareció en julio de 1918, fue dirigido por Carlos Micó y colaborarón en él importantes plumas del 98. Debido a que  recibía subvención de los países contendientes, desapareció con el final de la contienda en noviembre del mismo año.
[8] Figura femenina destacada en la Comuna de París; se benefició de las leyes de amnistía del gobierno de la III República, fue también una educadora confesa, que escribió cuentos y poemas, y vinculada con el movimiento feminista.