domingo, 7 de mayo de 2017

Derivas e impresiones (V)


6. May. (El tiovivo)
Por el ‘Paseo del Espolón’
de la antigua Caput Castellae

Aquel tiovivo parecía girar y girar contra el Presente, girar y girar dando recreo con sus caballos y carros a una sola edad hundida en las raíces de la memoria. Dos incólumes reyes capturados por una estética ajena, guarecían, en pétrea palidez, los escalones de la carrera circular. La arboleda se intuía copiosa, y esculpida para armonizar con el paseo mientras trabajaba, servil, conteniendo una brisa que apenas alborotaba los lacados cabellos de ampulosas señoras. Al lado, un banco huérfano aguardaba la charlatana irrupción de alguna pareja, con la esperanza de ser, otra vez, íntimo testigo del amor inmarcesible.
También el Arlanzón, desprendido y transparente, alborotaba con timidez la cretona verde y florida de sus riberas: revelaba en arrullos el verdadero secreto de la Eternidad. Y el tiovivo, ganoso, giraba y giraba contra el Presente en ilusoria intención de hacerlo girones. Al momento dio la apariencia que todo se hubiera capturado en una fotografía: se pintó el sosiego; se aquietó, cadencioso, el tiovivo; y brilló un fonógrafo con partitura pueril. Tu memoria, entonces, retornó hasta las huidizas fantasías de la infancia.


martes, 4 de abril de 2017

Derivas e impresiones (IV)


4. Abr. (La canción de la primavera)
Por entre las casetas de la
Feria del Libro viejo y Antiguo
Extrañaste… la quietud de los jardines de vacío acariciados, la bruma desdibujando los bulevares de blanco, y la delicada humedad en las ventanas condensada... cuando agostó la canción de la inquieta primavera.
Extrañaste… los sudarios helados sobre las arterias de asfalto, los glisandeos de humo hiriendo hasta las nubes imposibles, y el olor de la leña aliviando en días de color atenazado… cuando se alzó la canción de la inquieta primavera.
Extrañaste… el crujir siena y grana de las moquetas tejidas de hojarasca, los suspiros de vaho copiando el viaje del alma purífica, y el largo sueño de una noche infinita de invierno… cuando abrumó la canción de la inquieta primavera.
Y además, extrañaste… los taciturnos paseos con un viejo libro rezagado en la olvidanza, el mortecino recitaje de un poeta perdido en el abismo, y la emoción sin penas que pervivió en las páginas de una novela…  cuando, sin casi percatarte, se acalló la canción de aquella primavera.


miércoles, 15 de marzo de 2017

Derivas e impresiones (III)



15. Mar. (Dos cipreses confirman un cauteloso enlace de amor antiguo ante el recuerdo de un niño-santo)

Mediodía, todavía penduleaba, tímido, el columpio que un minuto antes abandonara un chiquillo ante la llamada de su madre. Solo quedaban el runrún de la mula de siembra abriendo surcos en una tierra demasiado cansada, y el chirriar metálico del rodillo que preparaba la nueva moqueta sinople para la primera primavera… Y, entonces…, atento, con el corazón del sueño abierto, y el sol colándose en haces por entre las celosías de las ramas, quisiste percibir cómo dos cipreses ―uno al lado del otro― cimbrearon ligeras caricias para confirmar un cauteloso enlace de amor antiguo. Allí mismo, frente al pilar que sirvió de altar a ese festejo de la Naturaleza; donde, décadas atrás, la arboleda vieja refrescó la estatua de un niño-santo que dio nombre a la plaza; quisiste percibir ―también― cómo los arboles del amor, con sus adornos de vainas cobrizas, modestamente principiaban a florear albirrosados tejidos en señal de alegría; y las acacias del Japón alzaban hacia el cerúleo sus ramajes desnudos en señal de purífica alabanza; y, los pinos, lanzaban sus acículas formando una discreta y parda algarabía. Todo… absolutamente todo aquel misterio fue presidido por el recuerdo de aquel niño-santo. Y esto ocurrió… cuando al mediodía, con el corazón del sueño abierto, y, el sol colándose en haces por entre las celosías de las ramas, permitieron, a un profano, ser testigo de algo sagrado.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Derivas e impresiones (II)



1 Feb. (La bajada: recuerdo de un sueño, o, ¿pesadilla?)

Hoy, un cendal de violonchelos tristes vela la etérea mañana ―cierta pesadez en las ideas―; aún recuerdas la noche anterior: tuviste aquel extraño sueño, o, ¿pesadilla?
Pretendías, henchido de confianza, coger un ascensor que te elevara a una azotea de expectativas cumplidas, y, pese a todo, caíste irremisiblemente hacia el sótano. ―Pareciera que el paraíso anhelado fuera siempre esquivo―. Recuerdas de aquel sueño, o, ¿pesadilla? cómo al pasar quedaste totalmente inerte, dando la apariencia de un espectador que atendiera hipnótico a un desenlace incierto pero fatal. Mientras tanto el ascensor… bajaba y bajaba. En algunas plantas entraron otras personas: figurines grisperlados de rostros difuminados e incomprensiblemente familiares. Algunos te abandonaban en la planta siguiente, otros aguardaban a tu lado más tiempo, pero ninguno de ellos reparaba en ti. Deseabas entablar conversación aunque eras consciente de que no podías articular una sola palabra ―sujeto a las secretas y caprichosas leyes de lo onírico―. El ascensor continuaba cayendo y aquellos espectros de rostro escondido seguían transitando sin hacerte el menor caso; y los pisos eran ya subterráneos: menos uno, menos dos, menos tres…, intuías el final «¿de qué?», no lo sabías aún, pero sí que estaba próximo. De pronto reparaste que ya no había nadie, y en esa angustiosa y gelidora soledad, echaste de menos la compañía de aquellos fantasmas tan incomprensiblemente familiares. ―A veces es mejor estar acompañado de una desconocida multitud que aguardar solo―. Cuando el ascensor hizo tintilear la campana del sótano, y sus puertas se abrieron, asomó el silencio absoluto: la Nada. Luego dos vidrios celestes, y, ¿un ángel, la muerte? Despertaste.
«No fue más que otra forma de explicar el dolor alimentado de anhelos tambaleantes». 



jueves, 12 de enero de 2017

Derivas e impresiones (I)



 (Palabras liminares)


De escritura itinerante podrían calificarse estos fragmentos de prosa lírica; literatura viva y escrita al socaire de la casualidad, del ojo que observa más que ve, y donde el estado de ánimo influye en sus tonalidades. Derivas e impresiones es una obra construida bajo el prisma caleidoscópico del flâneur, donde el tema no es otro que la propia vivencia estética: hay una mirada a lo efímero, a lo cotidiano, e, incluso, a la naturaleza urbana, ¿por qué no?, en muchas ocasiones preterida por los habitantes de las grandes ciudades. En definitiva se trata de convertir el exterior en un inmenso estudio de artista, y crear allí una obra que no sea otra que el propio sentir del Tiempo.
 
12. Ene. (El ocaso)
Escapó inesperadamente el gélido aire de las semanas anteriores. El cielo encapotado con arreboles encendidos, tan encendidos que asemejaban un rosal de igníferos pétalos donde se colaban algunas fracturas rellenas con engrudo azul; recordaste aquellos cuadros paisajistas ―a plein air  apuntaban los franceses―. En el fondo todo formaba parte de una obra pictórica, de un cuadro donde tú mismo no eras sino una consecución circunstancial de líneas y puntos al óleo: tus manos no eran de carne sino de aceites y pigmentos; los perros ladrando brochazos negros; los vehículos expulsando trazos grises; y las terrazas apuntilladas suavemente de ámbares, cárdenos y algunos matices de sonetos fallidos. Pero cayó el sol y todo volvió a su sitio ―hartante y familiar―. No fue más que el arrebato de un incipiente fracaso fecundado por la lasitud.