jueves, 14 de diciembre de 2017

Derivas e impresiones (XII)

13 Dic. A la espera de las horas negras de la noche. 


Matinal; un espolvoreo talco la respiración proyectada revela; excavadoras y palas cariando a Gea; la reducida glosa del termómetro orillando el umbral de cero; y un perfil de nueva prosa que heraldos de Invierno anuncian.

(Falta mucho para alcanzarse las horas negras de la noche).

Vesperal; subió la temperatura apenas igual que el valor mercantil de la poesía; excavadoras y palas sangrando a Gea; las líneas de oro moaré desvaneciéndose, en tardo sfumato, hacia los besos encarnados del horizonte; y al acento urbano que modula un ventanal tornasolado.

(Falta poco para alcanzarse las horas negras de la noche).

Nocturnal; un fosforeo piel de naranja rozando el plafón del Orbe; excavadoras y palas, horadado el cáliz siena, dejan mecerse por Gea; los sueños enigmándose: semejando nutrirse de polvo estrellado; la voluntad, ebria de día, con vasos del Leteo se purga; y al umbral del fracaso puja el Arte ―desbordado, envuelto por delirios― a la experiencia consagrada del desastre.

(Y ya pudieron alcanzarse las horas negras de la noche).


jueves, 16 de noviembre de 2017

Derivas e impresiones (XI)

15. Nov. Alba fauvista con toque cubista 


Sobre la bicicleta cruzabas el engarce urbano de acero y cemento: neones durazno anegándolo todo; ligero halo verde como radiación; y filamentos lilas de bombilla siglo XX. Asomando al fondo, aún tímidos, los brotes de poinsetia que conquistarán, ya desplegados, la próxima Pascua. La lengua del río ―“lujo, calma y voluptuosidad”― embozada en alquilada capa de oro rosa, por delante, apenas una gavilla de minutos para tornarse en plata vieja. Y a contraluz una flecha de ánades apuntando hacia los rendidos rastros nocturnos, hacia el occidente, huyendo de los pinceles célicos de Matisse.

No te cabía duda de que el otoño, pletórico, saludaba caracoleando con su cabellera invisible y ondulada de vientos ―soplos de los dioses viejos―. Matisse carcajeó, guardó sus pinceles y comentó, al fin, que su alba fauvista con toque cubista… le quedaba chic.

martes, 17 de octubre de 2017

Derivas e impresiones (X)

17. Oct. Un globo infantil atrapado, con una carcajada agónica de locura, aguarda su final 


Era una ascua yaciente de las fiestas pasadas, pudiera ser el último rescoldo de esa gran fiesta que, como todos los años, germina los excesos, los artificios y lubricidades por las calles de la capital aragonesa: calles donde los músicos andinos cancionan y siringan para devolver su voz tonante a las divinidades de oro fundido; y, donde, los oferentes de caduca casticidad, colman de rosas y claveles el manto de una virgen que simula observar hierática en la distancia.

Aquel globo infantil era el malherido de las fiestas pasadas, un globo atrapado entre el ramaje de un aligustre, capturado como una mosca por planta carnívora para devorar su helio poco a poco, lentamente, degustándolo y pretendiendo con ello, tal vez, alzar su follaje más alto que ninguno de sus convecinos. Y aquel globo infantil ―salido como de un pincel de Munch, como si el horrísono «grito» lo hubiera acompañado desde una feria de pesadillas―, retorcido de consunción, adelgazaba, se plegaba, y, su otrora sonrisa de bonanciles dichas, era ya horrible carcajada, una carcajada agónica de locura, mueca de espanto, de locura final ante el ineluctable destino.

 * * * 

Y mañana, de seguro, recibirán sus restos sepultura en el capazo del barrendero.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Derivas e impresiones (IX)

13. Sept. (Paseo vesperal por donde la frase paisajística se deslizaba en una realidad invisible)


 Por las mismas callejas de Lerma
donde anduvo José Zorrilla
 

La frase paisajística se deslizaba poco a poco hasta el perfil del horizonte que parecía crepitar en un estertor de hoguera; se deshilvanaba el día ya, los cobres y pardos se tornaban en azules, y, con ellos, venía a deshacerse un poco más la alfombra del verano. Aquel pueblo, con sus monasterios arcados de mistéricos secretos, y sus tumbas donde la vacuidad duerme en títulos preteridos, resultaba marco ideal para transcribir la frase exacta de alguna realidad invisible. Tu sereno caminar sobre el empedrado se regía por un andante sostenido, sin final exacto, hasta que el tiempo se detuvo sobre un lapídeo banco tachonado de musgo. A la luz del farol quedaste sumido en la contemplación de un lírico pulso: marcaba el campanario los cuartos y el follaje negro que cercaba al Arlanza comenzó a estallar en cantos cimbreantes; marcó el campanario la media y las aves chillonas de la noche principiaron el sacro vuelo ritual de los sueños; por momentos la función vesperal llegó a bisbisearte la clave de aquella realidad invisible ―como siglos atrás hiciera, allí mismo, con un romántico poeta―. El campanario tañó menos cuarto y tomaste, entonces, dictado del evento rendido a sus enigmas, rendido al deleite de frases ocultas que el paisaje venía a revelar desde la lejanía de los campos segados; a revelar desde los sillares del recinto amurallado; y, a revelar, desde la esculpida quietud que, bajo las primeras estrellas eléctricas, abría sus brazos envolviendo al murmullo del detenido del tiempo…

 * * *

 El final de la tarde guarda siempre un armónico, lento ―quizás algo monótono― ritmo de adagio, pero allí, en aquella vieja población castellana, además, se reveló en nueve palabras de bronce cuando el campanario advirtió, que aquella realidad invisible que parecías ansiar, lejos de hallarse escondida entre la solemnidad de una pulsión lírica, o en la remembranza de un poeta romántico, te aguardaba tiernamente, acogedora, en una doméstica y encarnada sonrisa.

lunes, 14 de agosto de 2017

Derivas e impresiones (VIII)



13. Agos. (El llanto de Melpómene)

Era otro solaz, otro relax hallado en la terraza de una cervecería junto al Teatro Principal. A tu lado dos turistas con aspecto un tanto perdulario se encontraban repasando un callejero, a buen seguro dilucidaban la mejor ruta antes de consumir las horas de su estadía rellenando la memoria de su cámara fotográfica. ―Eres de la opinión que se está perdiendo, muy mucho, el largo delecte de la contemplación―. Enfrente otra pareja ―parecían encelados―, leían cómplices la carta del establecimiento antes de que el camarero fuera a tomarles nota.
Tras el inusual remedo otoñal de los últimos días, volvía el calor agosteño, algo contenido aún, pero calor. Impelido por la benignidad de la mañana, y tras un pequeño brujuleo, realizaste aquel alto intencionando apurar la lectura del Canto Errante de Darío. Buscaste mejor acomodo justo bajo un frondoso tilo, matizaba este la luz radiante haciendo del sol apenas un puñado de jirones que daban sensación de pender de las ramas; luego vino el frescor de un granizado de limón y el correr rítmico de una gavilla de versos modernistas. ¿No son acaso tales momentos, cuando el entorno se confabula con la poesía para colmar el día de serenitud, idóneos para dejarnos vencer por libros de un «lenguaje inaudito y raro?».
* * *
Parecía otro solaz, otro relax hallado en la terraza de una cervecería junto al Teatro Principal hasta que un horrísono grito turbó, fortuito, fugaz, desgarradoramente la quietud de la terraza: «¡Pero qué España es esta! ¡No aguanto más! Que ven que mi hijo se me está muriendo y no hacen nada… ¡canallas!». Entre sollozos, una mujer de mediana edad acortó de un tajo por entre las mesas y sillas de la terraza, los circunstantes por un momento quedasteis mirándola sorprendidos: la pareja encelada dejó de leer la carta, los turistas perdularios de atender su callejero, y tú, volviste de un plumazo al mundo real. Fue breve el quejido de aquella mujer, tan breve como intenso y desesperado, tal si hubiera de interpretarse en algún drama, mas resultaba real, demasiado vívido incluso para una ficción; y se marchó la atribulada calle abajo, mascullando por teléfono móvil una tragedia, su tragedia, otra tragedia más que venía a recordar la cara lacerante por encima de la vaciedad que, a veces, arrastra la vida mundana.
Incapaz de proseguir tu lectura, embotado el corazón por el frío eco indecible de aquellas palabras ―«que ven que mi hijo se me está muriendo y no hacen nada… ¡canallas!»―,  concluiste que incluso en un bello día de luz clara y reposada lectura, la devastación pude rozar, sorprender trágicamente. Te propusiste al cabo seguir soñando, leyendo… «[…] en medio de un desierto/ me puse a clamar;/ y miré al sol como muerto/ y me eché a llorar». Y como si de un canto errante verdadero se tratara, resonó crispándote los nervios aquel grito desolado que se alejó calle abajo. Resonó… el llanto de Melpómene impregnado de compasión por las paredes relucientes del Teatro Principal. 


martes, 25 de julio de 2017

Derivas e impresiones (VII)

23 Jul. (La fuente que descansa agotada mientras se percibe el pentagrama armónico de la Naturaleza) 

Reposaban los chorros danzarines y tornátiles de la fuente; cansada estaba ya de brincar y bailar para el fortuito público que apenas se detenía. Su agua, encalmada entonces, tal vez agotada, laxa… vino a simular una copa derramada de líquido ajenjo, donde aquel que quisiera ahogase sus añoranzas arrastradas; se mostró similar a un pliego de rugoso oleaje donde apuntar el epílogo del día con esbozos hendidos; o, simplemente, impelía a acompañarla con su lenitivo rumor de limpidez. El sol, mientras tanto, se desgranaba en irregulares cabrilleos, mecidos sin descanso por aquella agua que también era madre.
* * *
Te orillaste a su pretil… desdibujado percibiste aquel pentagrama armónico de la Naturaleza, donde dos ojos marcaban, al influjo de una mandolina mediterránea, la ‘Seranata’ de Schubert; y, tras de ello, volaron imperceptiblemente —como polen minúsculo—, alcanzando el propio jardín de las Hespérides para en oro tornarse. Confluía tu imaginación con el vaivén cóncavo del agua en un arrebato de profundidad, de inmersión, de letargo, hasta que los chorros antes silentes, como si en el camerino del surtidor hubieran cambiado de vestuario, volvieron a brincar con fuerza en su espectáculo de danza, casi poético, intentando rozar a cada brinco —para ti, para vosotros— las regiones del grave Ideal. 


miércoles, 19 de julio de 2017

ALGUNOS ESPACIOS DE SOCIABILIZACIÓN ARTÍSTICA: las veladas privadas y teatros de salón

  • Introducción: las tertulias de café
Hubo un tiempo, ya pasado, en que las salas de los cafés llegaron a convertirse en auténticos foros de controversia para intelectualía avezada; lugares donde las rúbricas más elegantizadas  formaban conciliábulo con las más perdularias, donde se levantaron palenques y atalayas en defensa y propalación de ideales, lugares donde departir sobre mil y una cuestiones elevadas, o, simple y llanamente, lugares donde echar la oreja para andar al tanto de las novedades que el industrioso vecino llevaba a cabo. En definitiva los cafés fueron escenarios bullentes donde nadie, con mínima inquietud intelectual, dejaba alguna vez de traspasar sus umbrales uniéndose así al cortejo de los prometidos a las musas. Fue este, por otro lado, un tiempo dorado entre la Restauración y la Dictadura de Primo de Rivera, que —como el del cine mudo—, pasó. Y es que quizás resulte más satisfactorio recodar con nostalgia aquellos espacios de redención artística, antes que venir a remedarlos en la presente sociedad de la inmediatez y las prisas: sociedad donde los modernos y variados cauces de interacción, amén de la menor predisposición a pasar largas veladas sentados alrededor de una mesa, hacen de estas un elemento de sociabilización 'prescindible' y solo apto para románticos.

Por citar algunas tertulias de café, bien se podría principiar la lista con aquella dieciochesca de la Fonda de San Sebastián, sita en la Plazuela del Ángel, que, fundada por Nicolás Fernández de Moratín, frecuentó entre otros destacados el valiente hombre de letras José Cadalso; también cabría citar la celebérrima tertulia del ‘Parnasillo’ —hacia 1831 o 1832— organizada en torno al café del Príncipe, y donde en una misma mesa pudieron reunirse excelsos literatos y pensadores como Larra, Mesonero Romanos, Donoso Cortés, Espronceda… sin olvidar las tertulias del Suizo —quizá el establecimiento de vida literaria más intensa—, donde hacia la década de 1860, se reunieron bajo un mismo techo G.A. Bécquer, Eusebio Blasco, Manuel del Palacio, Moreno Godino… y ya más modernamente las del café Gijón con César Gonzáles-Ruano y Camilo José Cela entre sus circustantes

Mariano José de Larra, uno de los habituales en El Parnasillo

  • Las veladas de salón
Claramente aquellos cafés llenos de resonancias del pasado son los que mayor curiosidad y atención literarias han llegado a despertar en el imaginario; pero, no fue solo en estos espacios públicos donde la intelectualidad del siglo XIX mostró sus panoplias de pulida camaradería, sino que también gustó de organizar no pocas tertulias en salones privados: la particularidad de estas reuniones de salón radicaba en que, debido a su carácter cerrado, se evitaban inesperados escándalos o la presencia de inoportunos arribistas, fisgones, y demás satélites aprovechados. La costumbre de organizar dichas veladas se encuentra ya extendida en los salones privados dieciochescos de la alta sociedad, donde convergían grande parte de las actividades sociales de las élites: aquellos salones solían ser ―bajo la excusa del entretenimiento― escenarios capitales para los negocios, la política, o las presentaciones en sociedad de la clase media. Tales esparcimientos no debieron ser muy distintos de aquellos que describió Mesonero Romanos en ‘El retrato’ —uno de sus más populares cuentos de costumbres— donde, poniéndose en la piel de un hombre anciano, venía a describir algunos usos y costumbres de las tertulias rocoquescas de la anterior generación:

Por los años de 1789, visitaba yo en Madrid, una casa en la calle ancha de San Bernardo, el dueño de ella, hombre opulento y que ejercía un gran destino, tenía una esposa joven, linda, amable y petimetra; [...] su tertulia se citaba como una de las más brillantes de la corte [...] me encontraba muy bien en esta agradable sociedad [...], y no una vez sola llegué a animar la tertulia con unas picantes seguidillas a la guitarra, o bailando un bolero que no había más que ver. (Mesonero Romanos, 1970: 34).

Curiosamente los espacios de las tertulias del XVIII, salvo excepciones, unían en su recinto a mujeres y hombres por igual, y no fueron pocas. Caben resaltar cronológicamente las veladas organizadas por la condesa de Lemos entre los años 1749 y 1751 y que vinieron a conocerse como las de la ‘Academia del Buen Gusto’. A caballo entre el XVIII y el XIX descollaron las de Margarita López de Morla, con un ambiente europeizante y abierto a las nuevas corrientes, llegando a ser frecuentada por Martínez de la Rosa, Quintana o Alcalá Galiano; o, por otro lado, las organizadas por Frasquita Larrea, esposa del hispanista alemán Juan Nicolás Böhl de Faber y madre de Cecilia Böhl de Faber, donde se profesaban ideas conservadoras en política, filosofía y literatura, siendo habitual la presencia de diputados y escritores realistas.

Más tertulias regentadas por mujeres fueron, décadas después, las dirigidas por Pardo Bazán en lo que se conocerían por las reuniones de los ‘lunes’ sitas en la calle San Bernardo; y, rebasando el siglo XIX aún se pueden mencionar las de la Infanta Eulalia —hija menor de Isabel II—, mujer cultivada y mecenas de artistas (Ezama Gil, 2008: 16-18).

La Infanta Eulalia de Borbón

  • Las veladas teatrales o teatros privados
Una mención aparte merecen las veladas teatrales donde la alta sociedad representaba en sus propios hogares obras dramáticas. Esta afición de orígenes remotos, llegó a cobrar tanto auge en el XVIII, que incluso se convirtió en tema teatralizable para los propios proscenios públicos, ejemplos tales Disposición y ensayo de una comedia casera (1776) de López Fando o La comedia casera (1766) de Ramón de la Cruz dan buena cuenta de ello (Freire, 1996: 7).

Pero será a mitad del antepasado siglo cuando realmente dichas representaciones vivan su edad de oro, de estas veladas literario-dramáticas destacaron los teatros de la condesa de Montijo —desde la década de 1840—, y el de los condes de Vilches, que entre las décadas de 1850 y 1860 alcanzaron prestigio. En dichos proscenios privados se daban cita tanto la nobleza con ínfulas artísticas, como autores y directores de primera fila, contratados a la sazón para alguna representación concreta. Así, hay constancia de que ejercieron como directores de escena excelentes autores tales Miguel Catalina o Fernando Romea (Ib.), llegando a intervenir incluso como actores; o, lo más sorprendente y que puede hacer una idea de la relevancia de estos teatros, incluso se llegaron a realizar auténticos preestrenos de obras dramáticas, antes de su presentación oficial en los proscenios oficiales. Caso conocido a este respecto es la celebrada obra dramática El hombre de mundo de Ventura de la Vega, que primero se puso en escena en el teatro de la condesa de Montijo antes que en el propio Teatro del Príncipe:

Además habían representado la comedia aficionados de la aristocracia madrileña. En el teatrito que la condesa de Montijo había construido en su quinta de Miranda en Carabanchel, Vega mismo dirigió su obra, y las hijas de la condesa hicieron papeles: Francisca de Sales, duquesa de Alba, y Eugenia, la que con el tiempo sería Emperatriz de los Franceses (Dowling, 1980: 216).
Ventura de la Vega, por Federico Madrazo

Para hacerse una idea de cómo era el ambiente baste rescatar las impresiones de Julio Nombela que en sus memorias dejó al respecto de uno de aquellos teatros —levantado por el adinerado escultor Ponciano Ponzano para dar pábulo a los caprichos de su mujer—,  y donde se representó la obra de Ventura, que además ejerció de director:

El escultor había mandado construir un teatrito capaz de contener de trescientos a cuatrocientos espectadores, sin más objeto que el de complacer a su joven y bellísima esposa, muy aficionada al arte escénico y dotada de facultades privilegiadas para la declamación […] Ventura de la Vega se había encargado de la dirección de los aficionados de uno y otro sexo que debían representar las obras elegidas por la primera dama y dueña de la casa, de acuerdo con él, ante un escogido público compuesto  de los numerosos amigos que en todas las clases sociales tenía Ponzano, admirado por su talento artístico y querido y bondadoso, más aún, por su angelical carácter […] La sociedad que frecuentaba la casa de Ponzano estaba compuesta de personas bien educadas, inteligentes, en su mayor parte artistas [..] (Nombela, 1976: 132, 135).

Del ambiente distendido y alegre de dicha reuniones teatrales, donde incluso los propios circunstantes llegaban a traducir obras francesas, se hallan constancias en las crónicas de salón de la época.

El director de escena era D. Florencio Romea, y la función constaba de tres piezas en un acto, expresamente arregladas para aquél proscenio 1º, Un caso de conciencia, de Octavio Feuillet, traducida por el marqués de Bogaraya; 2º Un palco en la ópera de Jules Lecomte, traducida por él mismo; 3º El muerto al hoyo, de Feuillet traducida por el marqués de Molins. En todas hizo de protagonista aquella condesa de Vilches, dueña de la casa, tan linda, tan displicente, tan nerviosa […]El entusiasmo que regía estos espectáculos no hay pluma que lo describa. El objeto del culto y de la admiración de todos era aquella condesa, cuya hermosura era un portento, su trato una atracción irresistible, su conversación un vértigo y su talento una seducción. Poetisa, novelista, soñadora, aquella mujer arrebataba (Pérez de Gúzman, 1896: 13-14).

Atendiendo a estos testimonios se infiere que a aquella sociedad aristocrática de gusto exquisito y buenas maneras, amén de tener siempre un palco reservado en el Real o en el del Príncipe, también gustó frecuentar los populosos teatros no tanto para dejarse ver, que también, sino para divertirse como auténticos actores dramáticos:

No obstante, conforme Diciembre avanzaba, la sociedad de la condesa del Montijo se iba animando, y en vísperas de Nochebuena la condesa dispuso una representación teatral, y tras de ella, un acto que era el cumplimiento de una promesa hecha dos años antes. Las obras elegidas para la representación fueron Un elijan y Doce retratos, seis reales; los actores la marquesa de Folleville, Pura Alaminos, el joven duque de Medinaceli, Santiago Liniers, Miguel de Cervantes y el niño Bejarano, hijo de la condesa de la Nava del Tajo; el público, por último, el de las grandes solemnidades de la casa, o, lo que es lo mismo, toda la aristocracia histórica, toda la superioridad política y toda la literatura restauradora (Ib.: 23).

Hay una estadística curiosa que rescata Pérez de Gúzman, la cual, a colación de un extenso estudio sobre los salones aristocráticos y saraos organizados por la alta sociedad, da cuenta del número de veladas teatrales realizadas en la temporada de invierno desde el 29 de octubre de 1872: “Hubo además tres representaciones dramáticas en el palacio del Montijo, dos en el de la condesa de Vilches y uno en el de los duques de Medinaceli” (Ib.: 17).

Amalia de Llano, por Federico Madrazo

Y es que como señaló la estudiosa en la materia Ana María Freide “Ya no es únicamente la aristocracia la que levanta teatritos en el interior de sus viviendas, sino también la clase media-alta, las familias desahogadas económicamente (Freire, 1996: 18). Además de los citados espacios, hubo otros en Madrid, tales el teatro Ventura de la duquesa de la Torre, donde se dio a conocer el aristócrata actor Fernando Díaz de Mendoza; el teatro Ida del banquero Bauer, en la calle de San Fernando esquina con la del Pez; y más tardío el teatro Josefina inaugurado en 1894 por el senador riojano Protasio Gómez Cabezón. Pero no cabe extenderse más aquí, que otros vendrán y lo cantarán con mejor plectro como dijo el sabio una vez, y sí, atender ya las veladas literarias —no dramáticas— propiamente dichas.

  • Algunas veladas privadas
En aquella coronada villa transitada por berlinas y alumbrada por faroles de aceite surgió —hacia la década de 1830— la tertulia privada de don Mariano Roca de Togores: allí lucieron su levita próceres dramaturgos tales un joven Ventura de la Vega, un Bretón de los Herreros o un Gil de Zárate. No sería desacertado aseverar, por tanto, que en la década siguiente quedaron configuradas las modernas tertulias de salón madrileñas. Dichas reuniones literarias de mediados de siglo insuflaban un espíritu de asociación que pugnaba, además, como alternativas a los escenarios fijados por ateneos, liceos, academias... Cabe subrayar que en 1835 y 1836 se fundarían precisamente el Ateneo Científico y el Liceo Artístico Literario respectivamente, signando dichas instituciones el nuevo rumbo de regeneración por el que debía discurrir el país. Pero dicha pugna entre ateneos y liceos por un lado y tertulias por otro, finalmente acabó decantándose por estos últimos como afirmó el padre agustino Blanco García:

Cuando el Liceo desaparecía, y en la marcha del Ateneo se notaban síntomas de ostensible decadencia, los penates de la literatura se trasladaron al recinto doméstico, y las moradas de algunos prohombres políticos o de meros literatos se vieron convertidas en academias del buen gusto, templos de Apolo y lugares de refugio para las musas, donde se derrochaba el ingenio en saladas improvisaciones, se discutían las obras de los contertulios, y se disertaba sobre temas de arte y erudición (Blanco García: 8).

Otra de las más veteranas tertulias privadas del segundo tercio del XIX fue la que semanalmente celebró Patricio de la Escosura, sita en la calle del Amor de Dios, donde se reunían Donoso Cortés, Pastor Díaz, Bretón de los Herreros..., todos ellos oradores y poetas moderados (Ib.: 8). Pero, ya a mediados de siglo, las más sobresalientes fueron los viernes literarios del Marqués de Molins, las de los Duques de Híjar y la de la  mencionada Condesa de Montijo, celebrada los domingos. No le fueron a la zaga los salones de la clase media, especialmente en el periodo del Sexenio, cuando la burguesía emergente tomó el testigo de la vieja aristocracia. Eusebio Blasco en sus Memorias íntimas recordaba al respecto:

No podía yo imaginar entonces que los hombres que nos habían educado en ideas revolucionarias, nos obligarían á ser monárquicos al día siguiente de la caída de un trono secular [Amadeo de Saboya]. O’ Donnell me lo dio á entender y yo no lo entendí. Las tertulias o salones no aristocráticos, pero muy entonados y a la moda, también abundaban. Había bailes y soirées en casa de Casañas, en la calle de San Agustín; en casa de D.ª Paz Maríategui; en casa de Álvarez, D. Fermín Álvarez, hombre de mundo y músico muy distinguido, autor de varias canciones a las que yo puse la letra, entre ellas aquella de Los ojos negros, cuya copla que empieza: «Para jardines Granada» (Blasco Soler, 1904:130).

De esta nueva pléyade podrían citarse las tertulias de ‘Los lunes’ de D. Antonio Cánovas del Castillo y su mujer, Dª Joaquina Osma, organizadas en su posesión de la Huerta hacia el segundo lustro de 1880; o la que sostuvo el crítico de arte Gregorio Cruzada Villamil hacia 1854 uniendo a los miembros arrivados de la tertulia granadina de 'La cuerda' —como Alarcón, Manuel del Palacio o Castro y Serrano—, con otros como Luis Eguílaz, Antonio Trueba o el pintor Germán Hernández.
Fundidas las dos colonias en una, aprendieron los individuos de entrambas el arte de la esgrima en un salón destinado al efecto por Cruzada, y convertido después en local de veladas poéticas donde leían sus composiciones Núñez de Arce, Alarcón, Trueba y Florentino Sanz (Blanco García, 1903: 8).

Incluso un veterano Juan Valera encabezó hacia la década de1890 la suya en torno a su casa de la cuesta de Santo Domingo de Madrid donde, los sábados, acudían regularmente Menéndez Pelayo, Manuel de Sandoval, el catedrático Narciso Campillo, los hermanos Quintero y otros. Gracias, precisamente, a su larga vida “pudo contemplar los nacimientos del modernismo y el 98. Murió en 1905, en su casa de la cuesta de Santo Domingo”. (Amorós, 1989: 15). En dicha tertulia sería recibido el corifeo modernista Rubén Darío dentro de su primera estadía española, al cual “en honor del poeta y para que leyese sus versos dedicó don Juan uno de sus sábados, y Rubén, el cantor americano que innovaba, que en nada se parecía a los prestigios actuales de la lírica española, fue aplaudido y consagrado” (Ortiz de Pinedo, 1951: 3).

Pero a pesar de todo, la popularidad de dichos salones, con el decurso del tiempo y avanzando ya el siglo XX, fue decreciendo poco a poco hasta ser preteridos por la mayoría de los jóvenes escritores y artistas, pues o bien encontraron en sus propios salones, más humildes y bullentes, un ágora para dar rienda suelta a costumbres relajadas y menos estrictas en etiquetas, véase la referida por Azorín como ‘Los miércoles de Luis Contreras’ que eran “reuniones bohemias en que se habla de todo, y se exponen programas de estética, y se lanzan anatemas” (Martínez Ruiz,1897: 3), o, las del procaz y modernista Francisco Villaespesa donde amén de forjarse proyectos como la revista Electra, en ocasiones, los excesos también hicieron acto de presencia.

  • El cambio de costumbres
En definitiva, los espacios de reunión, a la par que el ejercicio de las Letras fue cada vez menos patrimonio de aristócratas y burgueses los espacios de sociabilización fueron cambiando, y, como es natural, al auge de los cafés con su ambiente democrático y abierto, hallaron oportuno acomodo los nuevos hijos de las musas donde divulgar y acoger favorablemente los nuevos ideales, ya fueran político o literarios;

Estos pequeños círculos se caracterizaban en la época por la gran movilidad de sus participantes, lo que permitía frecuentes intercambios y un amplio abanico de relaciones personales. En estas reuniones se alardeaba de genio e ingenio y, a la par que se discutía sobre asuntos políticos candentes, protagonizaban episodios que respondían a un común y desmedido afán de escandalizar a la conservadora clase media, a un deseo también de singularidad propio de la bohemia modernista fin de siglo (Santos Zas, 2002: s.p.).

Pinaculo de todo ello es la conocida como Edad de Plata de las Letras españolas, donde un Valle-Inclán en el Fornos o la Horchatería de Candelas, un Gómez de la Serna en el Pombo, o un Cansinos Assens en el Café Colonial lanzaron sus proclamas modernistas, ultraístas..., entre la juventud triunfante: los tiempos de las letras aristocráticas daban ya su canto del cisne. Pero incluso a los grandes salones de café les llegaría su hora transcurrido el siglo XX, y con ello, con el cierre del Fornos, del Suizo, y tantos otros el espíritu de aquella época se fue diluyendo en la memoria del siglo viejo. Los tiempos marchaban a una velocidad que no permitían el lujo de detenerse pausada y laxamente a ver enfriar el café. Los cocktail empezaban a triunfar.

Los establecimientos que dieron la puntilla a los grandes espacios en que los parroquianos pasaban horas y horas sin consumir más que un café con leche y media tostada, fueron los bares de tipo americano, en los que, en una pequeña y estrecha sala, con un gran mostrador o «barra», los clientes de pie o sentados en altos taburetes tomaban consumiciones, por regla general de bebidas alcohólicas. El aperitivo se puso de moda, también la copa al atardecer. Por otra parte apareció un nuevo tipo de cliente. Jóvenes deportistas, alegres y resueltos, que rompían con el decadente bohemio de café (Bonet Correa, 2012: 63).

¡Salud!

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BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA. 

AMORÓS, Andrés (1989), “Introducción”, Pepita Jimenez, Madrid, Espasa/Calpe, pp. 9-37.


BLANCO GARCÍA, Francisco (1903), La literatura española en el siglo XIX, vol II, Sáenz de Jubera Hermanos, Madrid.


BLASCO SOLER, Eusebio (1904), Obras completas: Memorias íntimas, vol. 4, Madrid, ed. Leopoldo Martínez.


BONET CORREA, Antonio (2012), Los cafés históricos, Madrid, Cátedra.


DOWLING, John (1980), “El anti-Don Juan de Ventura de la Vega”, en RUGG, Evelyn y GORDON, Alan M. (coords.) (1980) Actas del Sexto Congreso Internacional de Hispanistas, University of Toronto, pp. 215-218.


EZAMA GIL, Mª Ángeles (1988), “La ilustración de los relatos breves en la revista Vida Galante”, Boletín del Museo del Instituto Camón Aznar, nº XXXV, Zaragoza, Obra Social de la Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, pp. 73-95.


FREIRE, A. María (2002), “Salones y teatros de la sociedad en el siglo XIX” en ÁLVAREZ BARRIENTOS, Joaquín (2002), Espacios de la comunicación literaria, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, pp. 147-160.


MARTÍNEZ RUIZ, José (1897), “Más sobre lo mismo”, El Motín, 20 de marzo de 1897, p. 3.


MESONERO ROMANOS, Ramón de (1832, ed. 1970), Escenas matritenses: La vida cotidiana del siglo XIX descrita por el mejor de los costumbristas españoles, edición de Ángeles Cardona de Gibert, Barcelona, Bruguera.


NOMBELA, Julio, (1912, ed. 1976), Impresiones y recuerdos, Madrid, Tebas.


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