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jueves, 14 de diciembre de 2017

Derivas e impresiones (XII)

13 Dic. A la espera de las horas negras de la noche. 


Matinal; un espolvoreo talco la respiración proyectada revela; excavadoras y palas cariando a Gea; la reducida glosa del termómetro orillando el umbral de cero; y un perfil de nueva prosa que heraldos de Invierno anuncian.

(Falta mucho para alcanzarse las horas negras de la noche).

Vesperal; subió la temperatura apenas igual que el valor mercantil de la poesía; excavadoras y palas sangrando a Gea; las líneas de oro moaré desvaneciéndose, en tardo sfumato, hacia los besos encarnados del horizonte; y al acento urbano que modula un ventanal tornasolado.

(Falta poco para alcanzarse las horas negras de la noche).

Nocturnal; un fosforeo piel de naranja rozando el plafón del Orbe; excavadoras y palas, horadado el cáliz siena, dejan mecerse por Gea; los sueños enigmándose: semejando nutrirse de polvo estrellado; la voluntad, ebria de día, con vasos del Leteo se purga; y al umbral del fracaso puja el Arte ―desbordado, envuelto por delirios― a la experiencia consagrada del desastre.

(Y ya pudieron alcanzarse las horas negras de la noche).


jueves, 16 de noviembre de 2017

Derivas e impresiones (XI)

15. Nov. Alba fauvista con toque cubista 


Sobre la bicicleta cruzabas el engarce urbano de acero y cemento: neones durazno anegándolo todo; ligero halo verde como radiación; y filamentos lilas de bombilla siglo XX. Asomando al fondo, aún tímidos, los brotes de poinsetia que conquistarán, ya desplegados, la próxima Pascua. La lengua del río ―“lujo, calma y voluptuosidad”― embozada en alquilada capa de oro rosa, por delante, apenas una gavilla de minutos para tornarse en plata vieja. Y a contraluz una flecha de ánades apuntando hacia los rendidos rastros nocturnos, hacia el occidente, huyendo de los pinceles célicos de Matisse.

No te cabía duda de que el otoño, pletórico, saludaba caracoleando con su cabellera invisible y ondulada de vientos ―soplos de los dioses viejos―. Matisse carcajeó, guardó sus pinceles y comentó, al fin, que su alba fauvista con toque cubista… le quedaba chic.

martes, 17 de octubre de 2017

Derivas e impresiones (X)

17. Oct. Un globo infantil atrapado, con una carcajada agónica de locura, aguarda su final 


Era una ascua yaciente de las fiestas pasadas, pudiera ser el último rescoldo de esa gran fiesta que, como todos los años, germina los excesos, los artificios y lubricidades por las calles de la capital aragonesa: calles donde los músicos andinos cancionan y siringan para devolver su voz tonante a las divinidades de oro fundido; y, donde, los oferentes de caduca casticidad, colman de rosas y claveles el manto de una virgen que simula observar hierática en la distancia.

Aquel globo infantil era el malherido de las fiestas pasadas, un globo atrapado entre el ramaje de un aligustre, capturado como una mosca por planta carnívora para devorar su helio poco a poco, lentamente, degustándolo y pretendiendo con ello, tal vez, alzar su follaje más alto que ninguno de sus convecinos. Y aquel globo infantil ―salido como de un pincel de Munch, como si el horrísono «grito» lo hubiera acompañado desde una feria de pesadillas―, retorcido de consunción, adelgazaba, se plegaba, y, su otrora sonrisa de bonanciles dichas, era ya horrible carcajada, una carcajada agónica de locura, mueca de espanto, de locura final ante el ineluctable destino.

 * * * 

Y mañana, de seguro, recibirán sus restos sepultura en el capazo del barrendero.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Derivas e impresiones (IX)

13. Sept. (Paseo vesperal por donde la frase paisajística se deslizaba en una realidad invisible)


 Por las mismas callejas de Lerma
donde anduvo José Zorrilla
 

La frase paisajística se deslizaba poco a poco hasta el perfil del horizonte que parecía crepitar en un estertor de hoguera; se deshilvanaba el día ya, los cobres y pardos se tornaban en azules, y, con ellos, venía a deshacerse un poco más la alfombra del verano. Aquel pueblo, con sus monasterios arcados de mistéricos secretos, y sus tumbas donde la vacuidad duerme en títulos preteridos, resultaba marco ideal para transcribir la frase exacta de alguna realidad invisible. Tu sereno caminar sobre el empedrado se regía por un andante sostenido, sin final exacto, hasta que el tiempo se detuvo sobre un lapídeo banco tachonado de musgo. A la luz del farol quedaste sumido en la contemplación de un lírico pulso: marcaba el campanario los cuartos y el follaje negro que cercaba al Arlanza comenzó a estallar en cantos cimbreantes; marcó el campanario la media y las aves chillonas de la noche principiaron el sacro vuelo ritual de los sueños; por momentos la función vesperal llegó a bisbisearte la clave de aquella realidad invisible ―como siglos atrás hiciera, allí mismo, con un romántico poeta―. El campanario tañó menos cuarto y tomaste, entonces, dictado del evento rendido a sus enigmas, rendido al deleite de frases ocultas que el paisaje venía a revelar desde la lejanía de los campos segados; a revelar desde los sillares del recinto amurallado; y, a revelar, desde la esculpida quietud que, bajo las primeras estrellas eléctricas, abría sus brazos envolviendo al murmullo del detenido del tiempo…

 * * *

 El final de la tarde guarda siempre un armónico, lento ―quizás algo monótono― ritmo de adagio, pero allí, en aquella vieja población castellana, además, se reveló en nueve palabras de bronce cuando el campanario advirtió, que aquella realidad invisible que parecías ansiar, lejos de hallarse escondida entre la solemnidad de una pulsión lírica, o en la remembranza de un poeta romántico, te aguardaba tiernamente, acogedora, en una doméstica y encarnada sonrisa.

lunes, 14 de agosto de 2017

Derivas e impresiones (VIII)



13. Agos. (El llanto de Melpómene)

Era otro solaz, otro relax hallado en la terraza de una cervecería junto al Teatro Principal. A tu lado dos turistas con aspecto un tanto perdulario se encontraban repasando un callejero, a buen seguro dilucidaban la mejor ruta antes de consumir las horas de su estadía rellenando la memoria de su cámara fotográfica. ―Eres de la opinión que se está perdiendo, muy mucho, el largo delecte de la contemplación―. Enfrente otra pareja ―parecían encelados―, leían cómplices la carta del establecimiento antes de que el camarero fuera a tomarles nota.
Tras el inusual remedo otoñal de los últimos días, volvía el calor agosteño, algo contenido aún, pero calor. Impelido por la benignidad de la mañana, y tras un pequeño brujuleo, realizaste aquel alto intencionando apurar la lectura del Canto Errante de Darío. Buscaste mejor acomodo justo bajo un frondoso tilo, matizaba este la luz radiante haciendo del sol apenas un puñado de jirones que daban sensación de pender de las ramas; luego vino el frescor de un granizado de limón y el correr rítmico de una gavilla de versos modernistas. ¿No son acaso tales momentos, cuando el entorno se confabula con la poesía para colmar el día de serenitud, idóneos para dejarnos vencer por libros de un «lenguaje inaudito y raro?».
* * *
Parecía otro solaz, otro relax hallado en la terraza de una cervecería junto al Teatro Principal hasta que un horrísono grito turbó, fortuito, fugaz, desgarradoramente la quietud de la terraza: «¡Pero qué España es esta! ¡No aguanto más! Que ven que mi hijo se me está muriendo y no hacen nada… ¡canallas!». Entre sollozos, una mujer de mediana edad acortó de un tajo por entre las mesas y sillas de la terraza, los circunstantes por un momento quedasteis mirándola sorprendidos: la pareja encelada dejó de leer la carta, los turistas perdularios de atender su callejero, y tú, volviste de un plumazo al mundo real. Fue breve el quejido de aquella mujer, tan breve como intenso y desesperado, tal si hubiera de interpretarse en algún drama, mas resultaba real, demasiado vívido incluso para una ficción; y se marchó la atribulada calle abajo, mascullando por teléfono móvil una tragedia, su tragedia, otra tragedia más que venía a recordar la cara lacerante por encima de la vaciedad que, a veces, arrastra la vida mundana.
Incapaz de proseguir tu lectura, embotado el corazón por el frío eco indecible de aquellas palabras ―«que ven que mi hijo se me está muriendo y no hacen nada… ¡canallas!»―,  concluiste que incluso en un bello día de luz clara y reposada lectura, la devastación pude rozar, sorprender trágicamente. Te propusiste al cabo seguir soñando, leyendo… «[…] en medio de un desierto/ me puse a clamar;/ y miré al sol como muerto/ y me eché a llorar». Y como si de un canto errante verdadero se tratara, resonó crispándote los nervios aquel grito desolado que se alejó calle abajo. Resonó… el llanto de Melpómene impregnado de compasión por las paredes relucientes del Teatro Principal. 


martes, 25 de julio de 2017

Derivas e impresiones (VII)

23 Jul. (La fuente que descansa agotada mientras se percibe el pentagrama armónico de la Naturaleza) 

Reposaban los chorros danzarines y tornátiles de la fuente; cansada estaba ya de brincar y bailar para el fortuito público que apenas se detenía. Su agua, encalmada entonces, tal vez agotada, laxa… vino a simular una copa derramada de líquido ajenjo, donde aquel que quisiera ahogase sus añoranzas arrastradas; se mostró similar a un pliego de rugoso oleaje donde apuntar el epílogo del día con esbozos hendidos; o, simplemente, impelía a acompañarla con su lenitivo rumor de limpidez. El sol, mientras tanto, se desgranaba en irregulares cabrilleos, mecidos sin descanso por aquella agua que también era madre.
* * *
Te orillaste a su pretil… desdibujado percibiste aquel pentagrama armónico de la Naturaleza, donde dos ojos marcaban, al influjo de una mandolina mediterránea, la ‘Seranata’ de Schubert; y, tras de ello, volaron imperceptiblemente —como polen minúsculo—, alcanzando el propio jardín de las Hespérides para en oro tornarse. Confluía tu imaginación con el vaivén cóncavo del agua en un arrebato de profundidad, de inmersión, de letargo, hasta que los chorros antes silentes, como si en el camerino del surtidor hubieran cambiado de vestuario, volvieron a brincar con fuerza en su espectáculo de danza, casi poético, intentando rozar a cada brinco —para ti, para vosotros— las regiones del grave Ideal. 


jueves, 22 de junio de 2017

Derivas e impresiones (VI)

22. Jun. (Calles) 

Calles, colmadas por la quietud de una pausa arrítmica, diferente, inesperada; por la luz primera del estío que calienta más que ayer, pero menos que mañana; y… por la sordina de algunos pasos arrastrados que parecen no querer llegar nunca a su destino. Calles, donde la pulsión del silencio hierve avivando el fuego de la imaginación; donde el poeta se torna en un dios, y sus cuartillas semejan aquel barro con el que moldear a su propio Yo. Calles, de un quebradizo misterio desentrañado al detenerse en ellas; de una sinfonía de paradojas que roza la tragedia del ayer y la comedia del mañana. Calles donde pausarse, meditar, y traducir en un diario el idioma del sosiego recuperado. Calles, donde tú te encontraste conmigo mismo. 


domingo, 7 de mayo de 2017

Derivas e impresiones (V)


6. May. (El tiovivo)
Por el ‘Paseo del Espolón’
de la antigua Caput Castellae

Aquel tiovivo parecía girar y girar contra el Presente, girar y girar dando recreo con sus caballos y carros a una sola edad hundida en las raíces de la memoria. Dos incólumes reyes capturados por una estética ajena, guarecían, en pétrea palidez, los escalones de la carrera circular. La arboleda se intuía copiosa, y esculpida para armonizar con el paseo mientras trabajaba, servil, conteniendo una brisa que apenas alborotaba los lacados cabellos de ampulosas señoras. Al lado, un banco huérfano aguardaba la charlatana irrupción de alguna pareja, con la esperanza de ser, otra vez, íntimo testigo del amor inmarcesible.
También el Arlanzón, desprendido y transparente, alborotaba con timidez la cretona verde y florida de sus riberas: revelaba en arrullos el verdadero secreto de la Eternidad. Y el tiovivo, ganoso, giraba y giraba contra el Presente en ilusoria intención de hacerlo girones. Al momento dio la apariencia que todo se hubiera capturado en una fotografía: se pintó el sosiego; se aquietó, cadencioso, el tiovivo; y brilló un fonógrafo con partitura pueril. Tu memoria, entonces, retornó hasta las huidizas fantasías de la infancia.


martes, 4 de abril de 2017

Derivas e impresiones (IV)


4. Abr. (La canción de la primavera)
Por entre las casetas de la
Feria del Libro viejo y Antiguo
Extrañaste… la quietud de los jardines de vacío acariciados, la bruma desdibujando los bulevares de blanco, y la delicada humedad en las ventanas condensada... cuando agostó la canción de la inquieta primavera.
Extrañaste… los sudarios helados sobre las arterias de asfalto, los glisandeos de humo hiriendo hasta las nubes imposibles, y el olor de la leña aliviando en días de color atenazado… cuando se alzó la canción de la inquieta primavera.
Extrañaste… el crujir siena y grana de las moquetas tejidas de hojarasca, los suspiros de vaho copiando el viaje del alma purífica, y el largo sueño de una noche infinita de invierno… cuando abrumó la canción de la inquieta primavera.
Y además, extrañaste… los taciturnos paseos con un viejo libro rezagado en la olvidanza, el mortecino recitaje de un poeta perdido en el abismo, y la emoción sin penas que pervivió en las páginas de una novela…  cuando, sin casi percatarte, se acalló la canción de aquella primavera.


miércoles, 15 de marzo de 2017

Derivas e impresiones (III)



15. Mar. (Dos cipreses confirman un cauteloso enlace de amor antiguo ante el recuerdo de un niño-santo)

Mediodía, todavía penduleaba, tímido, el columpio que un minuto antes abandonara un chiquillo ante la llamada de su madre. Solo quedaban el runrún de la mula de siembra abriendo surcos en una tierra demasiado cansada, y el chirriar metálico del rodillo que preparaba la nueva moqueta sinople para la primera primavera… Y, entonces…, atento, con el corazón del sueño abierto, y el sol colándose en haces por entre las celosías de las ramas, quisiste percibir cómo dos cipreses ―uno al lado del otro― cimbrearon ligeras caricias para confirmar un cauteloso enlace de amor antiguo. Allí mismo, frente al pilar que sirvió de altar a ese festejo de la Naturaleza; donde, décadas atrás, la arboleda vieja refrescó la estatua de un niño-santo que dio nombre a la plaza; quisiste percibir ―también― cómo los arboles del amor, con sus adornos de vainas cobrizas, modestamente principiaban a florear albirrosados tejidos en señal de alegría; y las acacias del Japón alzaban hacia el cerúleo sus ramajes desnudos en señal de purífica alabanza; y, los pinos, lanzaban sus acículas formando una discreta y parda algarabía. Todo… absolutamente todo aquel misterio fue presidido por el recuerdo de aquel niño-santo. Y esto ocurrió… cuando al mediodía, con el corazón del sueño abierto, y, el sol colándose en haces por entre las celosías de las ramas, permitieron, a un profano, ser testigo de algo sagrado.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Derivas e impresiones (II)



1 Feb. (La bajada: recuerdo de un sueño, o, ¿pesadilla?)

Hoy, un cendal de violonchelos tristes vela la etérea mañana ―cierta pesadez en las ideas―; aún recuerdas la noche anterior: tuviste aquel extraño sueño, o, ¿pesadilla?
Pretendías, henchido de confianza, coger un ascensor que te elevara a una azotea de expectativas cumplidas, y, pese a todo, caíste irremisiblemente hacia el sótano. ―Pareciera que el paraíso anhelado fuera siempre esquivo―. Recuerdas de aquel sueño, o, ¿pesadilla? cómo al pasar quedaste totalmente inerte, dando la apariencia de un espectador que atendiera hipnótico a un desenlace incierto pero fatal. Mientras tanto el ascensor… bajaba y bajaba. En algunas plantas entraron otras personas: figurines grisperlados de rostros difuminados e incomprensiblemente familiares. Algunos te abandonaban en la planta siguiente, otros aguardaban a tu lado más tiempo, pero ninguno de ellos reparaba en ti. Deseabas entablar conversación aunque eras consciente de que no podías articular una sola palabra ―sujeto a las secretas y caprichosas leyes de lo onírico―. El ascensor continuaba cayendo y aquellos espectros de rostro escondido seguían transitando sin hacerte el menor caso; y los pisos eran ya subterráneos: menos uno, menos dos, menos tres…, intuías el final «¿de qué?», no lo sabías aún, pero sí que estaba próximo. De pronto reparaste que ya no había nadie, y en esa angustiosa y gelidora soledad, echaste de menos la compañía de aquellos fantasmas tan incomprensiblemente familiares. ―A veces es mejor estar acompañado de una desconocida multitud que aguardar solo―. Cuando el ascensor hizo tintilear la campana del sótano, y sus puertas se abrieron, asomó el silencio absoluto: la Nada. Luego dos vidrios celestes, y, ¿un ángel, la muerte? Despertaste.
«No fue más que otra forma de explicar el dolor alimentado de anhelos tambaleantes».